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Eloy Méndez

No es casualidad

La labor de David Gallego y el nostálgico reencuentro con el Castellón

Sirva una jugada aparentemente inocua para condensar la muda de piel que David Gallego ha logrado en el Sporting, que sigue siendo el mismo del año pasado reforzado con unos cuantos canteranos y dos más. Ocurrió en el minuto 83. El Castellón atacaba sin perderle la cara al partido y

La transformación consiste en eso. En que los jugadores, salvo contadas excepciones, han interiorizado que los partidos se ganan pelota a pelota, en ataque y en defensa. No es ninguna casualidad que Djurdjevic lleve a estas alturas los mismos tantos que hizo durante toda la campaña pasada ni que Borja López haya resucitado como defensa solvente a los 26 años, uno después de su desaparición (aunque ayer no tuviera su mejor tarde). Tampoco los chavales de la “quinta del cole” se han tomado una pócima mágica para pasar de aprendices a dueños de la categoría a las primeras de cambio. Y Pedro Díaz no rinde a un nivel de Primera habitualmente porque sí. Todo esto ocurre gracias a que alguien en el banquillo tiene una idea y, sobre todo, a que ha sabido transmitirla. El único que aún no se ha enterado es Aitor García, perdido en un ejercicio de introspección cada vez que recibe un pase. Obsesionado con brillar como nadie puede hacerlo en esta plantilla (con permiso del número 19): por sí solo.

La única pega a la trabajada victoria es el cansancio que afloró en la segunda mitad, consecuencia lógica del carrusel de representaciones en la Liga del coronavirus. El Sporting fue dueño y señor durante los primeros 45 minutos ante un rival que ejecutó el papel impuesto a los visitantes que ansían la permanencia. Era cuestión de tiempo que llegara el gol y llegó antes de que se bajara por primera vez el telón. El guión cambió después. Los de casa se replegaron y los porcentajes de posesión se igualaron. Y hubo que mirar al reloj más de la cuenta. No hubo drama ni sainete y los tres puntos se quedaron en el zurrón.

Para los nostálgicos, el reencuentro con el Castellón evocó aquella tarde luminosa en La Plana de 2008, con Preciado desgañitándose en la banda y que acabó en la derrota más celebrada de la historia reciente de Gijón, preludio de un ascenso. Aquel equipo se parece al de ahora como un huevo a una castaña. Pero algo tienen en común: ambición.

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