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Francisco García

Diego, el diez de dieces

maradona

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Era el supremo hacedor de una religión esférica que mantiene abierto un templo en cada estadio de fútbol pero también el ángel caído desde el escalón más elevado de la peana de la gloria, situada a una altura tan sideral que hizo más doloroso su despeñadero al territorio infame de los infiernos. Como cantó Calamaro, Maradona no era una persona cualquier sino un ser sublime con un don especial para hacer felices a los demás como sumo sacerdote de la liturgia futbolística.

Cuando aceleraba, con el cuero pegado a la bota, el universo giraba al cambio de ritmo de su arrancada; después, cuando frenaba en seco y los defensas pasaban de largo, se paraba el mundo en un instante. Maradona, como explicó Vargas Llosa, era una de esas deidades vivientes que los hombres crean para adorarse en ellas, hasta el extremo que millones de argentinos vieron en su mano derecha, “la mano de Dios”, la prolongación milagrosa de su pierna zocata en aquel gol, tan histórico como tramposo, de desagravio por la pérdida de las Malvinas, tal que centenares de soldados muertos por armamento británico en la isla de la pendencia saltaron aquel día de gozo en sus tumbas. Era un arcángel en el manejo del balón, fuera de reglamento o una bola de papel de alumnio que antes había envuelto el bocadillo de un hincha.

Durante los últimos años de su azarosa vida, castigado por las adicciones y por la pérdida del respeto a sí mismo y a su leyenda, el diez de dieces renunció a la tranquilidad jubilosa del pensionista con idéntico empeño al que gastaba en esquivar las tarascadas de defensas leñeros que salían en su busca con un cuchillo entre los dientes y una motosierra a la altura de los tacos, como el carnicero Goicoechea en aquella entrada a matar en un Athletic-Barça que dejaba en caricias los hachazos de Pasarella. Quiso ser entrenador, pero le faltaba la serena complacencia de Zidane o el laboratorio millonario de Guardiola.

Al final de su corta existencia y desbocada, El Pelusa ya no era Maradona sino una versión ficticia del mejor futbolista de todos los tiempos, el trampantojo de la divinidad encarcelado en la prisión de una envoltura física deplorable. Y aún así el Diego no perdió la conciencia de tener localidad de preferencia reservada en el frontispicio del panteón deportivo. Resulta evidente que su sonrisa pícara y sus rizos ensortijados ya no abandonarán nunca el pantacrátor del juego que se disputa con un balón y dos pies y que Maradona engrandeció al paso de su zurda.

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