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Mangas y capirotes

Maradona, una vida excesiva, por Toni Fidalgo

Fue un genio de los potreros de arrabal y del pueblo

Era bajito y zurdo, habilidoso y explosivo, intemperante y radical en sus juicios, y tenía en su pierna izquierda un cañón telescópico. Fue un genio de los potreros de arrabal y del pueblo.Durante muchos años el señor del fútbol. Tal vez el mejor artista que han conocido los estadios.

Así ha entrado Diego Armando Maradona en el panteón de los genios, de los hombres ilustres, en el olimpo de los mitos argentinos. Tendrá funerales de Estado en la Casa Rosada y ya se aventura que será su entierro, la comitiva que siga su féretro, la mayor concentración de personas que haya conocido Buenos Aires. Ya en vida su figura se unió a la de Evita y Gardel y también al último fichaje del Vaticano, el Papa Bergoglio.

El mundo del fútbol llora la muerte de Maradona Vídeo: Agencia ATLAS | Foto: Reuters

Basta con darse un paseo por el barrio de La Boca, en la desembocadura del Riachuelo con el Río de la Plata, donde siempre hay un barco herrumbroso varado, basta con caminar por sus calles de Caminito, Garibaldi o Magallanes para ver las figuras del imaginario colectivo que se asoman a las balconadas de aquellas modestas y coloreadas viviendas que son hoy el reclamo de los turistas y de los futboleros. Porque ése es el territorio de los azul y oro, del Boca Juniors, y de su casa, La Bombonera. Acotado de las barras bravas, que sólo en presencia de Maradona se convertían en animales de compañía, en dulces y tiernas mascotas.

Habría que pasar a todo el pueblo criollo por el sofá de sus psicoanalistas para ver qué significa el fútbol en su mentalidad y en su inconsciente colectivo. Cómo es posible que un deporte haya arraigado de tal forma en esa sociedad, que la permee y la represente de tal manera, hasta el punto de que se haya convertido en una religión y en una pandemia. Como el tango y el mate y los asados, en menor medida, otras de sus señas de identidad y sus banderas.

Y así no es extraño que esa bendita tierra del Cono Sur americano se haya transformado en el mayor criadero de futbolistas, en una de sus mayores empresas exportadoras. Di Stefano, Messi y el pelusa nacieron argentinos, y puede que sean las mayores estrellas del mayor espectáculo que nos ha dado el siglo XX. Los tres, exiliados, los tres, profetas en tierras europeas en un mundo que borró las fronteras y en el que el fútbol, esas rutilantes figuras, sus camisetas, se han transmutado en el mayor signo de la globalización del planeta.

Diego Armando Maradona tuvo una aparición deslumbrante en el Mundial sub 19 de Tokio, en 1979. A mí, entonces trotamundos de los palcos de Prensa, me tocó en suerte estar en aquella premier que organizaban la FIFA y Coca Cola, aunque no a todos los ojeadores y técnicos de esta indescifrable disciplina les convenciera aquella figura rechoncha y descarada. Lo aseguraba ese profeta loco, Gati, sabio hoy entre los contertulios de café, cuando le preguntaron en aquellos días por la llegada del muchacho. “Ese pibe nunca será más que un barrilete”. Y Diego se tomó venganza. El primer día que el pelusa tuvo enfrente al arquero de la albiceleste le metió cuatro goles como cuatro soles, como cuatro ajustes de cuentas en la misma partida.

La vida de Diego se aceleró desde entonces como un prototipo de la fórmula uno. Lo fichó el Barcelona, fracasó o se encalló en la ciudad catalana, en su vida nocturna, en la compañía de las hijas de Eva, en su primeros tonteos con las drogas, en su misteriosa hepatitis, dentro y fuera de aquella casa de Pedralbes que parecía un manicomio de amigos, tribus y familias. Y para mayor escarnio, le salió al encuentro un aizkolari que ejercía de defensa: fractura del tobillo izquierdo, rotura de ligamentos y meses a la grada. En la rehabilitación le captaron los dólares de la mafia italiana, los embajadores de Nápoles, para ser ya desde aquellas fechas carne de cañón y de gloria deportiva y para encumbrar a las alturas del scudetto a la ciudad de San Jenaro y a sus desquiciados tifosi.

El cenit de su carrera deportiva lo alcanzaría, con todo, el gran Diego en sus apariciones con la selección argentina, sobre todo en aquel Mundial de Méjico del 86, que hizo a la albiceleste campeona y que de paso supuso para los representantes ingleses una de las mayores afrentas deportivas de su historia. Allí se mezclaron las razones deportivas y las querellas políticas, los ajustes de cuentas, los desquites y desagravios, la guerra -la de Las Malvinas - con otros argumentos y por otros caminos como acertara a definir el fútbol el filósofo Valdano, que por cierto ejerció también de futbolista en las aquellas justas mejicanas como miembro del combinado albiceleste.

Para muchos de los teóricos del balompié Maradona es su figura más rutilante. Aunque no le acompañaran todos los títulos que mereció, aunque su vida fuera de los estadios no constituyera un ejemplo. Porque nadie como él, en sus aciertos y desafueros, en su genialidad y demasía, representa el carácter argentino, el éxtasis y la alegría de las canchas y la representación del pueblo y de los humildes y de sus convicciones.

“Mi viejo fue peronista, mi vieja adoraba a Evita y yo soy y seré siempre peronista”. Tenía tatuados en su piel al Che y a Castro y en su alma la obsesión y el rencor por los imperialistas, como una Teología de la liberación. Por eso aquel juicio sobre un presidente yanqui: “Si lo tuviera bajo una portería le arrancaría la cabeza de un pelotazo”.

Perteneció a otro fútbol, cuando las canchas eran una reyerta y los árbitros muy consentidores, pero su genio se sobrepuso a aquellas circunstancias y a todos sus propios excesos y demasías. Que nadie le compare con otras figuras. Subió a los altares y a las capillitas napolitanas siempre encendidas, venerado y mártir como el patrono de la ciudad italiana, y ya se sabe que en cuestiones de santidad no hay que entrar en primacías. Y parece que San Jenaro le ha recibido a las puertas del cielo. “Entrá pelusa, y acomodáte acá junto a la diestra del padre.”

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