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De regreso al Olimpo

Los argentino lloran a Diego, pero nace la leyenda

El hilo del barrilete cósmico se cortó. Diego Armando Maradona, “el” Diego, Pelusa, el Pibe de oro, el 10, ya no volverá a pisar el césped de un campo de juego nunca más. Ya se eleva, liviano, etéreo, liberado del peso sus propios fantasmas, de su fama, de los que vivieron de él y nunca lo cuidaron.

Cuando empezábamos a sospechar que era inmortal, que su regate era indescifrable incluso para la muerte, Diego regresó al planeta del que vino para reencontrarse con sus padres, a los que nunca dejó de echar de menos.

Y las portadas de todos los diarios del mundo se llenan de su imagen, las pantallas repiten una y otra vez sus trucos de ilusionista, las crónicas recuerdan sus hazañas y vuelven a detenerse en sus miserias, sus oscuridades y sus actitudes condenables. Miserias, oscuridades y actitudes condenables que tuvo, todas, fuera del campo de juego.

Muchas de esas portadas utilizan para definirlo una sola palabra, contundente, categórica y absoluta: Dios. A muchos les parecerá exagerado, casi irrespetuoso. Pero, en Argentina al menos, Maradona es un dios. Quizás no sea un dios según los cánones usuales, fuente de amor y justicia. Pero es un dios al fin. Deidad pagana, más al “estilo” de los dioses griegos o romanos, imperfectos, atravesados por pasiones humanas, habituados a descender del Olimpo para mezclarse en el barro de la historia y utilizar sus poderes en beneficio de sus protegidos, aniquilando enemigos, perjudicando adversarios, impartiendo justicia según sus propios designios. Pero que, llegado el momento de las batallas decisivas, trascendentes, se ponen al frente de su pueblo y lo guían a la victoria, o dejan el alma en el intento.

Y Diego siempre se puso al frente de su equipo cuando llegaban las batallas complicadas. Los argentinos, en el fútbol y en todo lo que la competencia deportiva representa, nos sentíamos protegidos por nuestro propio dios.

Lo hizo en México, cuando en 90 minutos trató de exorcizar los demonios de una guerra muy reciente con los dos goles más famosos de la historia de los mundiales. El primero ilícito, el segundo extraordinario. Mientras el planeta lo veía a Maradona avanzar como un poseído esquivando piernas rivales hasta el fondo de la portería inglesa, los hinchas argentinos alucinábamos soldados imperiales persiguiendo infructuosamente a nuestro pequeño héroe que no se detendría hasta llegar al corazón de la “pérfida Albión”. Exagerado, es verdad. Pero era un pequeño consuelo a tanto dolor.

También se calzó su armadura cuatro años después, cuando esperó a que la cámara de televisión pasara frente a su cara para insultar a todo el estadio italiano que abucheaba el himno argentino. Y no le importó que, tras el mundial, tuviera que seguir viviendo y jugando en Italia. Hay cosas que no se negocian.

Quedará para las crónicas repasar sus adicciones, sus desplantes, su rebeldía a veces mal enfocada, sus opiniones políticas, los escándalos con sus mujeres, la relación (o la falta de ella) con sus hijos, sus desbordes o sus incoherencias.

Así como es evidente entender por qué el mundo del fútbol admira a Maradona, es imposible explicar desde la razón lo que significa Diego para los argentinos (al menos para la gran mayoría). Quizás sólo los napolitanos puedan comprenderlo. Para ellos también, el “10” enfrentó al poder del norte peninsular y, por una vez, los postergados de la historia se animaban a vencer, y lo lograban.

Ahora que el Pelusa regresa al Olimpo regateando estrellas, el mundo entero lo echa de menos y los argentinos lo lloran.

Y nace la leyenda. Hasta el próximo partido, barrilete cósmico.

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