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Filippo Priore

Por libre

Desde Gijón a Nápoles, de un mortal a un dios

Gijón, 1987. Un joven de catorce años de piernas exuberantes (seguro que con este inicio a la mayoría de ustedes les viene a la memoria una entrañable serie de los 80), escucha emocionado a través de la radio, lo que muy lejos de donde se encuentra está aconteciendo: el humilde equipo de la aún más humilde y pobre tierra natal de su padre, el Nápoles, entra en la historia del fútbol transalpino al ganar su primer ‘scudetto’.

En ese equipo, que es el de toda la Italia del sur, la Italia de los inmigrantes, la de los jóvenes sin oportunidades de futuro, y también la de la maldita Camorra, juega Diego Armando Maradona. La estrella argentina, aún no convertida en leyenda inmortal, había llegado tres años antes procedente del FC Barcelona, tras pagar el club partenopeo 7,5 millones de dólares, con la curiosidad añadida de que su contrato fue firmado en el aeropuerto de El Prat.

Aquella primera fecha imborrable de por vida para todo ‘tifoso azzurro’, fue sólo el inicio de una época dorada para la ciudad nacida a las faldas del Vesubio, y cuyo fervor por el fútbol es sólo equiparable a la pasión que sienten los napolitanos por su icónico volcán y sus vistas a la isla del amor, Capri. Fueron precisamente amor y pasión lo que sintieron los napolitanos por el jugador argentino desde su llegada.

Ese fervor incondicional hacia Maradona, sólo equiparable al que los napolitanos sienten por San Gennaro y su sangre milagrosa, lejos de decrecer no dejó nunca de multiplicarse; incluso a pesar de la eliminación de la ‘nazionale azzurra’ a manos de la selección albiceleste, con Maradona como abanderado, acaecida para más inri en la propia capital de la región de la Campania, en aquel ya lejano Mundial de 1990.

Todo lo anterior lo atestiguan los cientos de niños que en Nápoles llevan el nombre de la zurda de oro, que con el mejor gol de la historia de los mundiales y con su mano de Dios, logró humillar a quienes con su ejército habían herido en su orgullo patrio en la Guerra de las Malvinas a todos los argentinos. La venganza se sirvió en plato frío y sobre un césped en tierras mejicanas.

Tras el fallecimiento del astro argentino la pasada semana, en un claro ejemplo de lo que sería la crónica de una muerte anunciada, resultaría inútil tratar de explicar a los que critican que se venere y rinda toda suerte de homenajes a una persona que fuera del fútbol, cometió tantísimos errores en su vida. Sólo quien sin prejuicios de ningún tipo, sea capaz de separar al ser humano, Diego, del jugador de fútbol, Maradona, podría comprender el porqué. A fin de cuentas, quien esté libre de pecado, que lance el primer penalti.

Con la muerte de Maradona se podría decir, que por primera vez una izquierda, en este caso su pierna, en verdad ha asaltado el cielo. Allí se habrá encontrado con su gran amigo, el eterno brujo de esta nuestra futbolera villa marinera. Juntos de nuevo, pueden así volver a bromear y a observar a sus respectivos equipos desde ese cielo, no reservado en exclusiva para los más santos, sino también para los que con sus gestas, han llevado la alegría a los más pobres y desamparados. Que a falta de pan, bueno es el fútbol.

Descanse por fin en paz Diego, ahora que Maradona será como lo es Quini, inmortal para siempre.

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