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Víctor Rivera

En el tiempo añadido

Víctor Rivera

La burbuja, un valiente y ningún extremo

La sensación de que el Sporting siempre se dispara al pie cuando las cosas le van razonablemente bien

Que conste en acta que soy de los que piensa (y reconoce) que ninguno soportaríamos una lupa sobre nosotros 24 horas al día y saldríamos ilesos del envite. La perfección humana no existe y todos cometemos errores. La importancia de estos casi siempre es relativa, en función de quién sea el infractor y de cómo nos afecten. Lo sucedido en el Sporting en las últimas semanas, aún reconociendo que cualquiera puede contagiarse incluso extremando la prudencia, nos salpica por partida doble. Primero porque siempre es preocupante la expansión del virus y segundo por la decepción sufrida como sportinguistas. Un chasco a todos los niveles y ésa es quizá la triste novedad de este episodio del que esperamos que todos se recuperen pronto.

Que nadie busque en esta columna uno de esos ejercicios de lapidación colectiva a los que son tan proclives las inmisericordes redes sociales. Sí se encontrará una crítica severa a una cadena de comportamientos injustificables y, muchas veces, inexplicables que salpican a futbolistas (algunos), hosteleros (algunos) y directivos (todos). El episodio es muy grave y nadie puede irse de rositas, aunque como suele suceder han comenzado por pagar los justos. Pase lo que pase, el damnificado siempre es el aficionado de a pie que ve cómo su equipo compite mermado de forma más que sensible y pierde el paso. Queda la sensación de que este club siempre se dispara en el pie cuando las cosas van razonablemente bien.

Algo se ha roto en la relación idílica con algunos exponentes de esta nueva y talentosa generación que había vuelto a ilusionar al sportinguismo. A la espera de que la policía confirme si existió esa supuesta fiesta en un domicilio particular y quiénes asistieron, está claro que hubo varios jugadores que no respetaron las más mínimas medidas de seguridad en plena pandemia. De las que se les exigen (a mayores) como profesionales del balón, ya ni hablamos. Y al hacer esto, nos faltaron al respeto a todos. Los culpables (cuando se confirmen) tienen que ser sancionados por la administración pública (como cualquier ciudadano); por su club, por la indisciplina y por sus aficionados, por la decepción y los puntos perdidos. Es increíble que tantos días después ninguno de los protagonistas de estos tristes sucesos haya dado un paso al frente para reconocer su error y pedir perdón. Es increíble, pero es lo que hay.

Queda claro que los principales infractores son los futbolistas, pero no los únicos. Las imágenes de un evento celebrado en un conocido local atizan el fuego. La infracción es de tal calibre que incluso en el vídeo filtrado para quitarle importancia al asunto por la dirección del local, epicentro de la polémica, no aparece nadie con mascarilla. Ni siquiera para el postureo. El descaro de los jugadores para mirar a cámara sin ningún pudor en este vídeo y también en los otros demuestra que los futbolistas viven en una burbuja (no precisamente sanitaria) y que se sienten ajenos a la sociedad. La cosa se comenta sola.

Aunque es el que menos responsabilidad tiene en este asunto, tampoco estuvo fino el máximo accionista. Javier Fernández arrastra desde su llegada un grave problema en la gestión de la comunicación del club. Es cierto que ha mejorado la cuestión de las redes sociales, pero la cosa de la imagen sigue pendiente. La táctica habitual, la de esconder la cabeza, es siempre la peor decisión (también en este caso). El presidente ha probado ya con algunos profesionales con escaso éxito. Quizá es que para que la cosa funcione tiene que hacer caso de lo que se le recomienda y tal vez esa sea de verdad la asignatura pendiente de Javier Fernández.

De toda esta mediocridad escapa la decisión valiente de Gaspar Campos, quien se negó a pagar la penitencia que no se merecía. Seguramente su comunicado no habrá gustado a alguno de sus compañeros, pero el guaje demuestra su personalidad y su carácter al desmarcarse de los comportamientos poco profesionales. Cuesta entender la posición del vestuario, la impuesta ley del silencio, lejos de beneficiar al grupo, lo debilita. Lo suyo sería animar a los responsables a dar la cara y disculparse.

Con todo y con la buena mano del entrenador, el Sporting logró salvar los muebles en Lugo, donde los jugadores menos habituales mostraron su capacidad de aportar. No fue un Sporting brillante, mutilado de sus mayores talentos, pero fue un equipo competitivo que dio la cara hasta donde pudo con mucha dignidad. Se echó de menos, no obstante, un poco más de atrevimiento en el entrenador para dar vuelo a los nuevos guajes que tuvo que reclutar. Qué se yo, por ejemplo, en los extremos.

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