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Antonio Rico

Fútbol es fútbol

Antonio Rico

Ava Gardner y los profetas

Sobre la imposibilidad de comentar los partidos con los amigos

Horror. A partir del uno de enero, Messi, Sergio Ramos y otras superestrellas del fútbol pueden negociar libremente (como si en algún momento fueran esclavos) con otros clubes. Qué pesadez. Nos esperan semanas de rumores, teorías, señales, secretos revelados, gargantas profundas, globos sonda, malas caras y ofertas más o menos fantasmas. Eurípides lo expresó mejor que nadie en su tragedia “Las suplicantes” cuando hace decir a Teseo que las cosas que no se discernimos claramente, los profetas nos las aclaran mirando al fuego y a los pliegues de las entrañas victimarias o el vuelo de los pájaros. ¿No discernimos claramente si Sergio Ramos va a seguir como amo y señor de la defensa (y el ataque) del Real Madrid o si Messi continuará siendo el alma, corazón y vida de un agonizante Barça? No hay problema. Ahí están los profetas de “El chiringuito de Jugones” para leer el fuego del PSG, las entrañas del Manchester City o el vuelo de los pájaros chinos.

Desde que el fútbol no es fútbol y el dichoso VAR gobierna los partidos como Luis XIV gobernaba Francia desde el palacio de Versalles, todo lo que rodea a este deporte repugna a la razón futbolera. ¿Qué nos importan las sentencias de los profetas sobre el futuro de Sergio Ramos y de Messi? Y lo peor de todo es que, como los futboleros tenemos que ver o escuchar los partidos aislados en nuestras casas, ni siquiera está el consuelo de poder hablar de fútbol con los amigos íntimos o los enemigos aún más íntimos. Cicerón, el gran filósofo y orador (entre otras muchas cosas) romano, decía que si alguien ascendiera hasta el cielo y contemplara claramente la estructura del universo y la belleza de las estrellas, no podría complacerse en aquella maravilla a menos que tuviera a alguien a quien poder contárselo. ¿Y no es eso lo que sucede en este fútbol sin público en las gradas y monarcas absolutos en el palacio de Versalles del VAR? Podemos ascender hasta el cielo y contemplar claramente la estructura de ese rocoso Atlético de Madrid (salvo en Copa) que ha montado Simeone y la belleza del juego de las estrellas del universo del Liverpool, pero no podemos complacernos en esas maravillas porque, ay, no tenemos a nadie a quien contárselo. Dicen que cuando, después de pasar la noche juntos en un hotel, la actriz Ava Gardner preguntó al torero Luis Miguel Dominguín al verle salir de la cama a dónde iba, Dominguín contestó que iba a contar que se había acostado con Ava Gardner. Si la historia es cierta, significaría que lo bueno de acostarse con Ava Gardner no es tanto acostarse con Ava Gardner como poder contar que uno se acostó con Ava Gardner. No creo que eso sea verdad en el caso de Ava Gardner, pero me parece ciertísimo en el fútbol.

Un gol de cabeza en el último minuto de Sergio Ramos o una diagonal perfecta de Messi que deja tirados a los defensas rivales como si fueran boletos de lotería no premiados. Bien. ¿Qué hacemos? Pues... contarlo. Comentarlo con los compañeros de grada o con los vecinos de la barra del bar. ¿Dónde vas, Dominguín? A contarlo, claro. A contar que Sergio Ramos siempre hace lo que todos saben que va a hacer pero nadie puede impedir que haga. A contar que Messi hace magia con la geometría. ¿Cómo quedarse en la cama después de acostarnos con Ramos o con Messi? Pero en este fútbol sin poder reservar una habitación en un hotel, no hay más remedio que ver los partidos tristes y solos y soportar la cháchara de los profetas sobre el fuego, las entrañas de los animales o el vuelo de los pájaros. ¿Quién quiere levantarse de la cama para ir a contar que Sergio Ramos puede que fiche por el PSG?

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