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Santiago García Barrero

Hierba sintética, fútbol sintético

Lo primero es el balón y luego, inmediatamente después, el terreno de juego

No hay nada tan intrínseco, tan genuino, tan esencialmente arraigado al fútbol como la hierba.

Las distintas condiciones en que se encuentre –tupida o pelada, seca o mojada, alta o corta– y también cuando hay barro y charcos, hace que los jugadores agudicen el ingenio y la destreza, la creatividad y la picardía. Adaptarse a cada escenario resulta estimulante y divertido.

Por eso creo que la instalación de un campo de hierba artificial es un mal menor que puede tener sentido cuando sirve para complementar las instalaciones de los clubs o cuando se dan unas circunstancias tan adversas que no hay más remedio que sustituir el césped natural por el artificial.

Sin embargo, es muy doloroso comprobar cómo se han ido produciendo estas sustituciones de una manera tan indiscriminada e inexorable que prácticamente han erradicado los campos de hierba natural, con todo el encanto de su olor y de su sabor, de su evocadora atmósfera, ahora transformados en campos de hierba sintética donde se practica un nuevo deporte generador de futbolistas robotizados que debería llamarse fútbol sintético.

Hay fútbol, fútbol playa, fútbol sala y fútbol sintético.

Mucho más incomprensible es que pase en Asturias, donde tenemos la lluvia y el verde como señas de identidad.

Aunque parezca increíble, los niños asturianos ya no tienen praos donde jugar a fútbol. Su mundo ha sido invadido por cemento y moqueta.

No estoy hablando de costosas instalaciones, hablo de una pradería más o menos llana y un paisano que la siegue.

¿Por qué condenamos a generaciones y generaciones de guajes a no poder jugar en un prao durante toda su etapa de formación

Creo que tenemos infrautilizada una gran ventaja competitiva para formar buenos deportistas, futbolistas de élite y sobre todo niños felices.

Ahora que se habla de políticas verdes, de respeto por el entorno, de sostenibilidad y de transición ecológica, debería apoyarse a los clubs para habilitar nuevos terrenos y tener una buena maquinaria de mantenimiento. No se necesitan grandes inversiones para allanar y segar praos.

Aparte de producir lesiones y un fútbol más aburrido, previsible y monocorde son muchos los inconvenientes de este devastador proceso.

Esto no es un alegato contra la hierba artificial, que es útil y tiene su función, pero si en contra del exterminio de los guapísimos campos que siempre tuvimos.

Bastaría preguntar a los futbolistas donde prefieren jugar, en hierba natural o sintética.

La respuesta sería abrumadora.

Esto pasa a día de hoy: Un niño asturiano cargado de ilusión se sacrifica y entrena duro desde los ocho años cuatro días a la semana y compite cada fin de semana.

Tiene que hacer un gran esfuerzo para compaginarlo con los estudios.

Después de diez temporadas entrenando y mejorando, conviviendo con lesiones y viajes, por fin le llega su recompensa y tiene la oportunidad de acceder al fútbol profesional. Y cuando empieza a entrenar, ¡anda sorpresa!, se encuentra con que la pelota bota y rueda diferente, que la dinámica del juego es diferente, que las botas y los apoyos son diferentes porque se corre y se gira diferente, que el campo es de hierba natural, que es un deporte diferente.

Un gran hándicap, sin duda.

Me parece un sinsentido que la tecnología intente replicar, producir algo que se parezca cada vez más a lo que la naturaleza nos da a manos llenas en nuestra privilegiada tierra.

Por eso cuando hablan de hierba artificial de última generación, pienso: “¿La última ¡Ojalá!”.

En fin, creo que hay que impulsar una reconquista verde para que los niños puedan jugar en un prao en cada pueblo de Asturias. Tendrá plataforma de apoyo: www.nunsoyquienpaconello.com

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