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Tino Pertierra

La opinión sobre el derbi: No digas que fue un sueño

Sucedió como os lo cuento. Faltaban treinta segundos para que se cumplieran los siete minutos de tiempo añadido (fue un partido muy trabado, de esos que despojan el esplendor a la hierba, lleno de faltas de cortesía y fingimientos sobreactuados) y ambos equipos, exhaustos de aburrir a las ovejas con un juego rácano y temeroso, se conformaban con el empate. No servía de nada a sus intereses coreados pero más vale un punto de sutura que cruzar el calvario del recochineo de las gradas hostiles. De repente, uno de los pocos jugadores que aún creía en su talento sacó el cuentagotas y vio que aún le quedaba algo dentro. Algo distinto, único, por qué no irrepetible. Pongamos que se llama Manu. Que cogió al vuelo un balón imposible e, impasible, decidió cambiar el guión de la película en un arreón de creatividad súbita, como cuando alguien decidió que Bogart debía hacerse a un lado para que Ingrid se fuera con su marido. Manu vio a lo lejos a un delantero serbio-montenegrino que, como los pistoleros de Dodge City, tienen la culata del revólver tatuada en los ojos y las botas les huelen a pólvora. Más solo que la luna. Zas. Una parábola perfecta. Bíblica, si me apuran. El cuero atravesó el templo gijonés con la majestuosidad de un botafumeiro rampante y dio en el blanco. El rey de Uros tenía un as en la manga. Amansó la furia pelotuda con el pecho y dejó que se deslizara dócilmente hacia su pierna izquierda (sí, la izquierda, ¿pasa algo?) para cultivar un pepinazo imparable. El furor de El Molinón me despertó.

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