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Matías Vallés

Florentino pierde la Champions

Florentino Pérez

Florentino Pérez Agencias

Florentino Pérez tenía declarado que a los setenta años no pensaba seguir al frente de su imperio de ACS, sino consagrado únicamente al Real Madrid. Ha cumplido 74, sus empresas padecen la pandemia económica mundial que le ha obligado a prescindir de su heredero designado y acaba de hundir las expectativas madridistas en la Champions.

La primera secuela de la desaparición de la fugaz Superliga será el desquite institucional, contra el club semifinalista de la competición decrépita que la nonata venía a sustituir. Florentino perderá la Champions que pretendía suprimir, porque se ha caído con todo el equipo. El hundimiento de su Real Armada Invencible, en las costas de la pérfida Albión, transcurre con la perplejidad de que nadie le hubiera explicado que existe un vendaval llamado Brexit.

El Madrid pagará las facturas de la ignorancia de su presidente, tanto sobre la significación del Brexit como sobre el peso de aficionados que está acostumbrado a menospreciar. La Superliga que muere sin disputar ni un partido repercutirá en la Champions, según confirman las hipócritas declaraciones tranquilizadoras de responsables de las entidades mafiosas que gobiernan el fútbol.

La incompatibilidad futbolística de Inglaterra con los países miserables del sur de Europa es una patraña tan mayúscula como el Brexit originario. Por algo UE y UEFA comparten la raíz. Sin embargo, Florentino ha concedido con su ignorancia una victoria impagable a Boris Johnson, que revalida gratuitamente el aislamiento del continente respecto al Reino Unido. El primer ministro británico se ha travestido de Isabel II para entonar su lacrimógeno “hemos de seguir protegiendo nuestro querido deporte nacional”. Ninguno de los clubes que pretende defender responden a capital británico, están en manos de oligarcas, jeques y mandarines de la peor calaña.

Repasando el paternalismo de los refractarios a la Superliga, incluso quienes odian o temen a Florentino deben lamentar que haya sido apisonado por una nauseabunda oleada de sentimentalismo. Valga como síntesis la espantada del Milan chino, bajo la especia de “ser sensibles a la voz de quienes aman este deporte maravilloso”.

La única salvación de Florentino consiste en manifestar que, a sus 74, solo buscaba un método irreversible de desligarse de todas sus responsabilidades. Los grandes empresarios no tienen por qué traducirse en políticos excelentes, según predica el Nobel Krugman sobre las diferentes palancas a pulsar en ambos negocios. Ahora bien, el presidente del Madrid lleva décadas ejerciendo de entrenador blanco, por lo que tenía derecho a pensar que podía doblegar a los seguidores de los grandes clubes europeos.

La fuga al estilo Juan Carlos I de Andrea Agnelli, sobrino del Gianni Agnelli que fue compañero de bacanales del Rey de España, redondea la soledad de un Florentino abandonado incluso por el vicepresidente italiano de la Superliga. La audacia no congeniaba con la biografía burocrática de un subdirector general de Infraestructuras suaristas. Su acceso a la presidencia del Madrid incomodaba a los hermanos Juan y Carlos March Delgado, porque se presentaba como propietario de ACS a quien era un simple empleado de los nietos de Juan March. Su peor momento ha llegado con la Liga al alcance de la mano y en semifinales de Champions.

El triunfo del nacionalismo, sin mitigación alguna, no debe eclipsar las dos verdades económicas irremediables que oculta la sublevación popular que ha extinguido la Superliga. El primer axioma establece que los clubes de fútbol están arruinados. Solo la vanidad del palco, unida a los pingües beneficios de los negocios allí forjados, justifica la convivencia con los aullidos de decenas de miles de espectadores soliviantados. La segunda ley establece el declinar del capitalismo tradicional y de su hermano descarriado el marxismo. Las empresas no pertenecen a sus propietarios, y mucho menos a sus trabajadores. Los clientes son los nuevos dueños de la economía.

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