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Pablo González

En territorio comanche

Pablo González

La opinión sobre las protestas contra el fútbol moderno: Pagar y callar

Surgen movimientos que exigen devolver el fútbol al pueblo; para algunos son unos románticos, para otros unos simples alborotadores tabernarios de los que solo se acuerdan ahora que no están en las gradas pagando y callando

Protestas contra los Glazer, propietarios del Manchester United

Protestas contra los Glazer, propietarios del Manchester United EFE

El levantamiento popular en Mánchester que obligó a suspender el United-Liverpool, algo así como el Barça-Madrid en el mundo de Tebas y compañía, reabre el viejo debate sobre el fútbol y las sociedades anónimas. Hubo un tiempo –poco después de que los clubes dejaran de ser de los socios, del destierro de la fórmula de “un hombre, un voto” y de que los presidentes sudaran para explicar su gestión ante la asamblea– en el que nos vendieron que el balón no era negocio, que si lo fuera los dueños de los equipos serían los bancos.

Por eso, nos explicaban, había que asumir que los clubes cayeran en manos de afables empresarios del ladrillo y demás familia, cuando no de buscadores del tesoro de Sierra Madre. Tras el saqueo de rigor, aquello acabó con los clubes acogiéndose a la ley concursal, ya saben, la quita por allí y el cómete lo que te debo por allá. La carrera siguió hacia no se sabe dónde. Apareció el maná de las televisiones y el desembarco de millonarios exóticos. No parece que los hombres de fortuna hayan sido la solución: unos llegan con vicios nuevos y desde el primer día asumen como propios los ya implantados. Y luego van y piden una Superliga.

Nos vendieron que el balón no era negocio, que si lo fuera los dueños de los equipos serían los bancos. Por eso, nos explicaban, había que asumir que los clubes cayeran en manos de afables empresarios del ladrillo y demás familia

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Surgen entonces movimientos que exigen devolver el fútbol al pueblo, expropiarlo. Para algunos son unos románticos, para otros unos simples alborotadores tabernarios, unos infelices que han llegado tarde al reparto, de los que solo se acuerdan ahora que no están en las gradas pagando y callando. Ya saben, opio y pueblo, pan y circo; Espartaco y la Bastilla.

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