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Antonio Rico

Al oro

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La opinión de Antonio Rico sobre los Juegos: Ana y el Everest

A los que no les gusta el deporte de alta competición, a los que no entienden el esfuerzo inimaginable que supone saltar un centímetro más o correr en una décima de segundo menos, a los que tuercen el gesto cuando escuchan que hay que escalar el Everest porque está ahí, a los que no se derriten ante el intento fallido del gimnasta brasileño Zanetti de acabar un ejercicio de anillas con un triple mortal, a los que no se levantan del sofá y se revuelcan por el suelo después de ver a dos maravillosos italianos ganar el oro en salto de altura y cien metros lisos, a los que se atreven a parpadear mientras tres atletas jamaicanas ganan tres medallas deslizándose por la pista como si desafiaran a las leyes de la física, a los que no se rinden en cuerpo y alma al ver a la venezolana Yulimar Rojas ganar el oro en triple salto con una ligereza que ni los poetas podrían imaginar, a los que no se rascan la cabeza con gesto de incredulidad cuando ven un partido de waterpolo y comprueban que esos tipos no hacen pie en la piscina, a los que no critican el funcionamiento del capitalismo salvaje (perdón por la redundancia) y comprenden el esfuerzo que significa ahorrar para hacer el viaje con el que se sueña a lo largo de una vida pero desprecian el funcionamiento, el esfuerzo y el ahorro vital que supone dedicar años para competir en unos Juegos Olímpicos en cualquier disciplina, a los que niegan la solidez de las lágrimas de un deportista que sube al podio o que falla en un salto miles de veces repetido, a los que no se levantan con la holandesa Hassan después de caer en su serie de los 1.500 metros.

A todos los que se ríen del arte por el arte, de correr más rápido por correr más rápido, de saltar más lejos por saltar más lejos o levantar una barbaridad de kilos solo por levantar una barbaridad de kilos, les recomiendo escuchar. Escuchar a Ana Peleteiro el día después de ganar una medalla de bronce en salto de longitud. Escuchar a Lydia Valentín después de retirarse por problemas físicos en halterofilia. Escuchar a Eusebio Cáceres cinco minutos después de quedarse a tres centímetros de la medalla de bronce en salto de longitud (“sigo hambriento… porque no me he comido ná”). Tres deportistas que después de larguísimos años de ese, para algunos, absurdo esfuerzo para alcanzar metas ridículas demuestran con sus palabras y su lenguaje corporal una sensibilidad que todos querríamos para nuestros hijos. Escuchar a Ana, Lydia y Eusebio es el antídoto contra los cenizos que creen que el Everest es solo una montaña muy alta.

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