Opinión | Fútbol es fútbol
Tres deseos, Sigmund Freud y el PSG
Como dice el historiador Anthony Pagden en “Mundos en guerra”, un contundente ensayo acerca de los dos mil quinientos años de conflicto entre Oriente y Occidente, el hecho de que, históricamente, muchas guerras largas o cortas pero siempre terribles se hayan librado entre pueblos que estaban divididos por tan poco (a veces, ridículas diferencias religiosas) se puede atribuir a la observación de Sigmund Freud de que los más agrios conflictos humanos brotan del “narcisismo de las pequeñas diferencias”. Odiamos y tememos a aquellos a los que más nos parecemos mucho más que aquellos de los que nos sentimos más alejados. En términos futbolísticos, eso significa que un culé odiará más (“odio” futbolístico, se entiende: desear que el equipo rival pierda siempre con cualquiera por la mayor diferencia de goles posible) a un aficionado del Espanyol que a un fanático del Bayern de Múnich, a pesar de que el Bayern es el responsable del inicio de la monumental deriva existencial de un Barça abonado al nihilismo desde el brutal 2-8 de aquel partido de Liga de Campeones en Lisboa. Un sportinguista odiará al Oviedo sobre todas las cosas y equipos, un aficionado del Liverpool siempre querrá que el Everton esté en las más altas cimas de la miseria y nada hay que alegre más la vida futbolística de un seguidor de la Roma que paladear una derrota de la Lazio.
Las “pequeñas diferencias” de las que hablaba Freud producen grandes odios y temores. ¿Qué es lo que más teme un madridista? Que el Atlético de Madrid gane por fin la Liga de Campeones. ¿Qué teme un bético? Que el Sevilla sea campeón de Liga. La vida futbolística es más soportable cuando los equipos que tenemos más cerca y a los que más nos parecemos sufren derrotas épicas, pierden finales ajustadísimas o se convierten en sombras en el Hades. Es así de raro. Parece que, como observaba el físico Steven Weinberg acerca del universo, cuanto más comprensible es el fútbol, y quizá también la historia, menos sentido parece tener. Con todo, un futbolero no llegaría a los niveles de Gilda cuando dice a Johnny que le odia tanto que buscaría su propia perdición para destruirle con ella (ningún aficionado del Celta querría que su equipo descendiera a Segunda para que el Deportivo se hundiera más todavía). Los futboleros tampoco somos como Medea en la tragedia de Eurípides, que antes de dar muerte a sus hijos para vengarse de Jasón admite que su pasión es más poderosa que sus reflexiones. El fútbol no es una tragedia. Odiamos a los equipos de los que nos separan pequeñas diferencias. Es así, y no hay mucho más que decir. Bueno, sí hay una cosa. Todos los futboleros odiamos al PSG.
El equipo parisino ha conseguido algo muy difícil: trascender el narcisismo futbolero de las pequeñas diferencias para fundar un odio global basado en las grandísimas diferencias. Madridistas, culés, colchoneros, pericos, “reds”, “toffees”, blanquicelestes, rojiamarillos, sevillistas, béticos y así hasta el infinito y más allá odian al riquísimo y arrogante PSG de tal modo que todos los futboleros quieren lo mejor para sus equipos y lo peor para el equipo de Messi, Neymar, Mbappé, Di María, Sergio Ramos, Donnarumma, Marquinhos, Verratti, Draxler, Icardi y compañía. Si un futbolero pudiera pedir tres deseos al genio de la lámpara maravillosa, estoy seguro de que uno de ellos sería que el PSG no ganara la Liga de Campeones.
El PSG lo ha cambiado todo. Las “pequeñas diferencias” entre los futboleros ya no tienen que ver con esas diferencias que abrieron un abismo entre Real Madrid y Atlético de Madrid o Liverpool y Everton, sino las diferencias entre los que pedirían al genio de la lámpara en primer lugar que el PSG no ganara la Liga de Campeones, los que pedirían la derrota del PSG en la final de la Liga de Campeones en segundo lugar, y los que pedirían el fracaso del PSG en la Liga de Campeones en tercer lugar. ¿Qué tienes que decir a eso, Sigmund Freud?
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