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La verdadera trascendencia de encender el fuego

A los que somos demasiado jóvenes para haber vivido el germinar del baloncesto en el CAU e incluso para ser conscientes del despertar del Gijón Baloncesto y del Tradehi, la figura de Ricardo Hevia nos llegó cuando ya estaba consagrado en la élite, en las páginas del “Gigantes” o en las primeras retransmisiones televisivas de la Liga ACB. Llamaba la atención la fuerza con la que transmitía su mensaje, sin miedo de herir los sentimientos de sus jugadores con tal de que reaccionasen. De aquella veíamos normal, hasta con un punto de simpatía, que se saltase las normas de lo políticamente correcto. Hoy muchas de sus puyas no serían aceptadas bajo el foco de las redes sociales. Así era el representante de Asturias en lo más alto del baloncesto español, un tío apasionado, llano y entregado.

Pero los que nos enganchamos al basket con el “boom” de la plata olímpica de Los Angeles desconocíamos la verdadera trascendencia de aquel personaje que llevaba ya un tiempo encendiendo el fuego entre todos sus allegados. Fue con el paso del tiempo cuando empezamos a percibir lo que había significado el mierense para el deporte de la canasta, cuando, invariablemente, al preguntar a entrenadores y directivos de clubes de baloncesto por sus inicios, te respondían con un nombre: “Ricardo Hevia”.

Varias décadas después, cuando, pese a la mejora en la base, sigue siendo obvia la dificultad de nuestra comunidad autónoma para sacar talento al máximo nivel, es el momento de quitarse el sombrero y hacer una reverencia al maestro Hevia.

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