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Francisco García

La madre de la ciencia

Memoria de la Demencia, la mítica afición de un Estudiantes líder que se mide hoy al Oviedo Baloncesto en Pumarín, los partidos en “Magata”, los cánticos y los jugadores tránsfugas

En los años ochenta del pasado siglo uno acudía al “Magata” a presenciar un Estudiantes-Real Madrid de baloncesto y en la fría grada del viejo pabellón del instituto de Secundaria Ramiro de Maeztu, en Serrano, 127, no te quedaba otra, si simpatizabas con los merengues, que considerarte un agregado de la embajada de Estados Unidos perdido en un zoco de Teherán, en el Irán de los ayatolas. Sobre el cemento cantaban y bailaban sin desmayo unos tipos envueltos en indumentaria árabe, tocados con turbantes y chilabas, que pleiteaban a grito pelado contra el poder del imperio occidental, representado sobre el parqué por unos bigardos que defendían la Casa Blanca (“Y kuwait, iraquí / y Alcobendas marroquí / y una mierda pal Madrid”).

La madre de la ciencia

El que dirigía los cánticos como suspendido en un minarete era un tal Gavioto, que ejercía de imán de aquella turba impulsora de ingeniosos mensajes además de surrealistas e irreverentes. Eran los integrantes de la Demencia, la afición más ruidosa del basket nacional desde tiempos inmemoriales. La Demencia era la madre de la ciencia, a decir de uno de sus más laureados eslóganes, como el extendido “que salgan los toreros, oé”, inventado en aquella plaza y luego trasladado por otros grupos de animadores a otros pabellones. Eran tan moros los dementes que cuando acompañaban al equipo en sus desplazamientos decían que iban “a la Reconquista”.

Se trataba de unos tipos demenciales que tenían por mascota a “Garibaldi”, un esqueleto real que formaba parte del material didáctico del laboratorio de Ciencias del Ramiro. Unos cachondos mentales y cultos –no se olvide que el pabellón llevaba el nombre de Antonio Magariños, que fue profesor de latín y jefe de estudios del instituto, además de primer presidente del club estudiantil– que manejaban con acierto la metáfora (al base Ignacio Azofra, legendario jugador, le impusieron el apodo de “Nachocho”); el verso pareado (“Llorente, Llorente, Llorente el impotente…” en atención al sobrino mayor madridista del malogrado Paco Gento); el acrónimo (al mítico pivot de Connecticut John Gabriel “El Oso” Pinone lo bautizaron “Pinoso”); la parasíntesis (al “traidor” Felipe Reyes, vendido a los millones de Florentino Pérez, lo llamaron “Felipesetero”); o acudían a divertidos juegos fonéticos (el croata Cvjeticanin, de nombre impronunciable, era “El Yeti” para la muchachada).

Los hermanos Reyes, formados en la cantera del Magariños y acogidos después a golpe de talonario en casa del enemigo, se erigieron en objetivo preferente de las chanzas de la Demencia. Al mayor, Alfonso, que jugaba al poste pese a su baja estatura, un 2,02 raspado, cuando volvía de blanco a la pista que lo vio crecer y como fuera que en el Madrid jugaba más bien poco, le cantaban: “Pasa la mopa, Alfonso, pasa la mopa”, a los sones de “Guantanamera”. Como quiera que el trasvase de jugadores al club rico de la capital fue constante esos años y traumático –los Reyes, Antúnez, El Chacho Rodríguez, Del Corral y Alberto Herreros cambiaron de camiseta–, los “tránsfugas” se convirtieron en diana predilecta de las puyas demenciales. Herreros resultó el mayor damnificado: del más querido en el Magariños pasó a ser el más detestado.

La Demencia nació en los años setenta pero tiene un precedente anterior, en la década de los cincuenta: “La Claqué”, pionera grada de animación de la que formaron parte, de niños, algunos de los referentes del club en esa época, como Gonzalo Sagi-Vela, quien dijo una vez que en el Ramiro “además de clases de Matemáticas, había clases de “cla””. A esa época se remontan los primeros cánticos satíricos. Las raíces “dementes” se hunden en la fusión de dos grupos de alumnos que pululaban por el célebre instituto madrileño: El Partido Demencial y el QTR (Que Trabaje Rita), dividido en dos facciones: LC (La Cantaora) y LB (La Bailaora). Las letras de los cánticos se escribían entre clase y clase, se fotocopiaban, se repartían por las aulas y se prendían con chinchetas en el tablón de anuncios del centro.

Pese a la “conversión” del grupo al Islam y a la existencia de un fanzine interno que llamaban “Intifada”, boletín oficial de la guerra santa demente, era ritual en cada partido recitar el santoral cristiano, tal que así: “San wich, ora por nobis; San Adú, ora pro nobis; San Tillana, vete a la mierda. Demencia, Demencia, la madre de la ciencia”. Cuentan las malas lenguas que fue un grupo de dementes quien indicó al Oso Pinone, en sus primeros días como jugador de Estudiantes y sin saber una palabra de castellano, con qué palabras amables debía dirigir el saludo inicial a los árbitros. Ni corto ni perezoso, Pinoso, con peana hoy en lo más alto del panteón estudiantil junto a la Santísima Trinidad demente (David Russell, Ricky Winslow y Terry Stotts, que años después entrenó a Portland Trail Blazers), estrechó la mano de un colegiado con una sonrisa de oreja a oreja y un inopinado “me cago en tu puta madre”. Se desconoce si fue a la ducha antes de tiempo mientras la grada coreaba el mítico: “Hare, hare, hare krishna / krishna, krishna, krishna hare / hare rama, rama, rama / rama diantes, Estu, Estu / Estu, Estu, Estudiantes”.

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