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José Alberto Concha González

José Alberto Concha González

Empresario hotelero, accionista y socio de plata del Sporting

¡Fernández, quédate!

Escribo intencionadamente antes de conocer el desenlace del partido en Fuenlabrada. Digo intencionadamente porque si algo pretendo es liberar esta reflexión de la tiranía de los resultados.

No me preocupa que trescientas o cuatrocientas personas se hayan concentrado el pasado domingo en los aledaños de El Molinón con sus pancartas ni que hayan aprovechado la tensión del encuentro para corear al final lo de “Fernández vete ya, directiva dimisión”. Las personas son libres hasta para equivocarse.

Tampoco voy a entrar en lo absurdo de la petición. Sería como concentrase frente al chigre de Pepín para exigirle su marcha porque no nos gusta el menú o el palu de sidra.

Lo que me preocupa es que la mayoría sensata y silenciosa permanezca impasible ante la injusticia.

Compadecer es una palabra hermosa. El significado es claro: padecer con. Es innegable que esta temporada no ha escatimado padecimientos -hasta el punto y la medida en la que el fútbol, lo más importante de las cosas menos importantes, lo es o puede serlo- para la parroquia sportinguista. Pero les aseguro, que nadie ha padecido más que el presidente Fernández, pues al sufrimiento del corazón ha aunado ese otro, si se quiere más prosaico pero real, que es el de jugarse su dinero y su patrimonio. Nadie quería más que él, ni nadie trabajó más por ello, que la temporada acabase con un éxito deportivo. Encima, Fernández, ha sufrido, esta vez en el ámbito más importante de las cosas más importantes, la pérdida de un ser querido.

Creo que frente al “directiva dimisión” deberíamos utilizar el “padecer con”. Tal vez haya quien prefiera que el Sporting deje de ser de Gijón para ser el juguete del magnate capitalista de turno (¡no sé cómo llevaría un emir lo del escudo de Gijón con Pelayo y la Cruz de la Victoria o la Santina a la salida del túnel de vestuarios!). Pero lo cierto es que Javier Fernández es un ejemplo de buen hacer y su gestión es altamente valorada en el fútbol profesional. No sólo en relación al primer equipo sino en todo el ámbito de la entidad como el fantástico proyecto de ampliación de Mareo.

Es verdad que los resultados han sido desastrosos. Pero en todos los negocios -como en todas las facetas de la vida- hay que tener una pizca de suerte. Qué decir entonces de un juego como el fútbol donde la exigua distancia entre dar al poste o besar la red puede cambiar el destino. La diferencia del éxito al fracaso es ínfima: la que separó el remate de Stuani -solo frente a Cuellar- del gol. Ciertamente, el equipo mejoró, pero ¿quién se hubiera acordado del juego después de encajar otro tanto en el descuento? Por eso conviene ser humildes. En el fútbol, dos más dos no tienen por qué ser siempre cuatro.

Pero más que a la virtud de la humildad, quiero apelar a otra sin la que es difícil que puedan darse las demás. Me refiero a la honestidad. No es honesto juzgar las decisiones del presidente a toro pasado. Sobre todo, aquellas decisiones que todos aplaudimos y jaleamos ya que en el momento de adoptarse tenían toda la pinta de ser las mejores.

En la faceta estrictamente deportiva, Fernández fue el gran y último defensor, primero, de Preciado y, después, de Abelardo cuando la grada exigía su dimisión. Sí, sí. A las primeras de cambio de la temporada 2016-17 los de “vete ya y dimisión” habían olvidado el épico ascenso de los guajes del Pitu en la 2014-15. Los mismos que en el 2019 añadieron el consabido “dimisión” al “José Alberto, José Alberto” que habían coreado solo un año antes.

Pero, después de la campaña del año pasado, al borde del play-off, no cabía otra cosa que renovar a Gallego. Cambiarlo, ya se vio que no fue solución, pero no sería por paciencia. Finalmente, ahora tenemos a Abelardo. Un entrenador con vitola -y caché- de primera y uno de los pocos que, una vez salvada la temporada, puede devolvernos la ilusión en un nuevo proyecto para la próxima. Pero la vuelta de Abelardo es mérito, y no demérito, de Fernández.

La apuesta por la cantera no ha podido ser más clara con las renovaciones, con el consiguiente esfuerzo económico de Pedro Diaz (2025) y los internacionales Grajera (2024), Gaspar (2025) y Guille Rosas (2025). Tal vez a ninguno le haya sentado bien la internacionalidad, el último muy perjudicado por las lesiones, pero hay que ser muy ventajista para culpar de ello al presidente.

También ha sido enorme el esfuerzo por mantener a los jugadores más importantes de la plantilla e incorporar a otros nuevos (Villalba).

No sé dónde están los que afirmaban que se iba a hacer caja con Djuka después de los 22 goles de la temporada pasada (¡a no ser que ahora estén criticando precisamente el que no se le haya vendido!). Luego resultó no ser el mejor año del delantero -como tampoco lo fue de otro jugador “franquicia” como Mariño- pero aquí tampoco hay culpa alguna por parte de la directiva que, de haber primado el beneficio económico (como repite el mantra difundido), hubiera podido vender ventajosamente a ambos futbolistas. 

No solo eso. Cuando empezó a diluirse el sueño del ascenso el presidente no se resignó. Salió el nombre de Jony para el mercado de invierno. Todos pensamos que se trataba de un sueño irrealizable pero el presidente lo consiguió. Claro que, como decía, se necesita una pizquita de suerte (o por lo menos que no nos caigan encima toneladas de la mala): un pisotón en un lance fortuito con un compañero, un dedo roto y adiós. ¿También tiene la culpa el presidente?

Por todo ello, solo pido a los sportinguistas de bien dos cosas: una, el respeto que debemos a todas las personas; dos, un poco de honestidad y comprensión, que no ya el cariño que se merece, lo está pasando mal, para nuestro presidente Javier Fernández.

Por último, espero y confío en que todas las dificultades de esta temporada nos hagan más fuertes a todos (directiva, jugadores, medios de comunicación, afición) y que con nuestro presidente, el consejo y Abelardo de gran capitán, luchemos y alcancemos la próxima la vuelta a la máxima categoría del futbol español para una nueva y gloriosa edad de oro del Real Sporting de Gijón. 

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