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Nacho Azparren

La opinión sobre el fallecimiento de Pelayo Novo: Pela y los muros

Pelayo siempre fue un niño, cuando debutó con 18 años y cuando redirigió su vida con la treintena, con toda la bondad que puede deducirse del término. Inocente y despistado, le tocó lidiar desde bien pronto, importante contraste, con su rol como símbolo de El Requexón

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En imágenes: Emotivo último adiós a Pelayo Novo en el tanatorio Los Arenales de Oviedo Irma Collín

En una de mis primeras crónicas del Real Oviedo, allá por 2011, tras destacar el papel de Pelayo Novo en el centro del campo escribí que también debía entender que a veces es mejor rodear un muro que tratar de derribarlo a cabezazos. A sus 20 años era todo corazón, con ese estilo impetuoso al que le faltaba el poso que da la experiencia. A Pela le hizo mucha gracia aquella frase y se encargaba de recordármela cada poco. "Sí, pero mi estilo es más eficaz, ¿eh?", defendía con una sonrisa. Y así lo hizo, con su propio estilo, derribando cada muro que le ponían los defensas y la vida para seguir avanzando. Hasta que el pasado martes todo se acabó.

Pelayo siempre fue un niño, cuando debutó con 18 años y cuando redirigió su vida con la treintena, con toda la bondad que puede deducirse del término. Inocente y despistado, le tocó lidiar desde bien pronto, importante contraste, con su rol como símbolo de El Requexón, esa cantera que antaño había estado en la élite y que mientras él la ascendía escalón a escalón se tambaleaba en la crisis más grave de la historia del Oviedo. Aún juvenil se le puso sobre sus hombros la responsabilidad de disfrazarse de último símbolo de la cantera. Y representó ese papel de una manera ejemplar.

Como en 2011, cuando en un partido ante la Real B el entrenador, José Manuel Martínez, decidió sustituirle con empate a cero. El Tartiere no comulgó con el cambio y dirigió los silbidos hacia el entrenador. Pelayo, 20 años entonces, hizo un gesto hacia la grada justificando el cambio dando a entender que estaba lesionado. Cuatro días después fue titular en Irún porque aquella "lesión" expiatoria había desaparecido por arte de magia.

Pelayo iba a contracorriente porque era educado, estudiado y atento. En un mundo de egos y piratillas no era normal encontrarte a un estudiante de Ingeniería Industrial que se paraba con todo el mundo el tiempo que hiciera falta.

Y jugaba fantásticamente al fútbol. Era el "tractor" de El Requexón, de movimientos que parecían pesados, pero decididos. Hasta que fue creciendo. Creo que fue Pacheta el que lo dijo en su último año en el Oviedo: "Ya no es un tractor. Ahora es un camión". Un camión que triunfó de azul y logró dos ascensos a Primera. Pero, sobre todo, que logró algo más importante: que nadie de los que le rodearon recuerde al Pelayo futbolista cuando se pregunta por él. Porque si ese era bueno, el Pelayo persona era "Balón de Oro".

El incidente de Huesca le cambió la vida. O más bien nos cambió la percepción a los que tratábamos con él. Porque seguramente él siguió igual por dentro, aunque entonces se enfrentara a otro muro, este más escarpado, más sólido. La historia se detuvo el pasado martes de forma abrupta. "Pela" deja un recuerdo imborrable y una desazón indescriptible.

Descansa en paz, Tractor.

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