Opinión

De fútbol y relámpagos

Quizás todo esto tenga que ver tan sólo con el origen de los tiempos… Me refiero a mi vida a partir de la tarde en que mi bendito primo Joaquín me llevó con seis años al estadio a ver mi primer partido del Oviedo. Cuatro tres al Betis. Inolvidable. Mi equipo, que ya lo era, lo sería ya para siempre, porque como dice el novelista mejicano Juan Villoro, cambiar de equipo equivale a cambiar de infancia, y yo jamás quise olvidar la mía. El barro de mi tierra natal en la ciudad del norte en donde los charcos de nuestros juegos de niño tenían nombre. Y hasta incluso ejercían de postes cuando, a falta de instalaciones deportivas más propicias, dos charcos podían servir de marco para albergar el tanto más hermoso. Porque les aseguro que marcar un gol entre dos charcos es el gol más poético del mundo al que uno puede aspirar. El que da al menos la razón a Dante cuando en su Divina Comedia aseguraba que la imaginación en un lugar en el que siempre llueve…

Poco tiempo después mis padres me trasladaron con ellos a Madrid y allí comencé muy pronto a preparar mi oposición…, como decirlo, digamos que a caminar de otra forma a la que todos alrededor tenían prevista para mí. Mal estudiante, e hijo muy pronto del nunca llegarás a nada, título ganado a pulso y traducido a oficio de poeta años después, para darle ya definitiva carta de naturaleza. Pero todo eso ahora es lo de menos. Aunque tenga quizás algo que ver… Porque salí de Oviedo casi a empellones, niño abrazado a un árbol del Campo de San Francisco diciéndoles a sus padres que a dónde me llevaban, que eran unos traidores, que no quería irme, pero pocos años después andaba ya de la ceca a la meca, extraviado por las aceras, túneles, transbordos, pellas del colegio, futbolines y rutas infinitas de aquella inmensa nueva ciudad sin límites. Fascinante.

Y uno de aquellos límites sin límite era donde acababa la línea 1 del metro, la azul, la fetén, como decían en Madrid para referirse a lo auténtico, y aquella era la genuina, la antigua, la primera que existió. La línea que hoy se alarga sin fin, pero que concluía entonces en la estación de Portazgo. Digamos el Vallecas profundo, Avenida de la Albufera arriba desde el puente. Hoy en día un punto más de la ciudad, pero en aquella época un lugar desde luego muy ajeno para una panda de niños afortunados que vivían en el centro.

Imagino que ni se nos ocurrió informar a nuestros padres de adónde habíamos decidido encaminar nuestros pasos aquella gélida mañana de domingo. Yo qué sé, diríamos que íbamos a misa a la iglesia de Manuel Becerra, o a ver desde la orilla las barcas del estanque del Retiro, para espiar besarse a las parejas, o a cambiar cromos en César, o a comprar golosinas en aquel colmado de Alcántara que vendía de todo, pero desde luego a nadie informaríamos que nos íbamos a ver un partido de fútbol de segunda división al campo del Rayo Vallecano, porque visitaba su estadio un equipo asturiano. Ese fue mi argumento para convencer a tres compañeros de apenas doce años para ir a animar a un equipo de mi tierra, el Sporting de Gijón. Porque incauta inocencia, o supina ignorancia del exilio, mi inquebrantable oviedismo en ciudad ajena, no me impedía animar a los equipos que consideraba vecinos de mis mitos y ritos de infancia, empezando por el Sporting, y siguiendo por el Caudal de Mieres, la Unión Popular de Langreo, el Real Avilés o el Mosconia de Grado. Y así, concejo a concejo…

Y así llegamos también al minúsculo estadio de Vallecas, apenas unas cuantas gradas escalonadas, donde animamos desde uno de los fondos toda la primera parte al equipo asturiano, junto a vociferantes hordas locales que ignoraban sin embargo tranquilas a tan poco amenazadora cuadrilla de chavales visitantes. Al llegar el descanso buscamos, sin embargo, el abrigo de unos cuantos paisanos localizados en uno de los laterales, y allí fuimos a compartir bocadillo, saludos, parabienes, hasta que uno de aquellos gigantes, o eso nos parecía desde nuestra estatura, me preguntó muy cómplice y feliz, al verme cabecilla del grupo, y tú de dónde yes, guaje…

Tierra trágame.

Porque tras su primera palidez al escucharme decir, muy ufano, muy orgulloso y sacando pecho, de Oviedo, y tras un segundo eterno de silencio, sólo acertó a contestarme, a espetarme diría mejor, eso nun ye Asturias… Algo que no entendí, la verdad, o entendí de golpe, o hube de esperar un tiempo, hasta que mi padre, que no era muy de fútbol, me explicó un día a su manera, de donde o por qué o vaya usted a saber de esa rivalidad, manía, odio, repelús, poso histórico, llámenlo como quieran; esa rivalidad que con el paso de los años y variadas experiencias a que conducen las trincheras del balón, he compartido también, aumentando o disminuyendo según épocas.

Pero han pasado ya casi cincuenta años, y hace sólo unos días supe de pronto que o bien mi padre no hizo suficiente sangre al contármelo, o el hecho de vivir el resto de mi vida tan lejos de Asturias no azuza día a día suficientemente la hoguera. Porque la otra tarde, cuando aún no se sabía a qué equipo tendríamos que enfrentarnos en la gran final hacia el ascenso, y al comentarle a otro oviedista irredento, esta vez en Oviedo, que prefería jugar contra el Espanyol, aunque lo bueno que tenía enfrentarse entre asturianos es que al menos si no subía el Oviedo lo haría el Sporting…, resucitó de pronto ante mí aquella olvidada mañana en Vallecas. Aunque su palidez esta vez se limitó a decir, medio broma, medio en serio –un cuarto, tres cuartos, para ser exactos–, que, si de verdad sentía eso, realmente no era del Oviedo…

Tierra trágame.

Pero volvamos a lo serio, que siempre es lo más bello, y lo que queda luego. Porque aquella mañana de Vallecas, hace ya medio siglo, me enseñó, trincheras aparte, que el mundo del fútbol, no sólo sus genes ni su espectáculo, es también una pasión contagiosa para quienes lo jugamos de niños, entre charcos ejerciendo de postes, y seguimos aún manchados de barro en los zapatos. Porque lo que no olvidé ya jamás, charangas asturianas aparte, rojiblancas o azules, fue la imagen de aquellas peñas vallecanas, su pasión, sus colores, sus banderas con un precioso y contundente relámpago cruzando de lado a lado, su llama encendida en mitad de una mañana gélida, su cantar a voz en grito al comienzo del partido aquel himno del Rayo de entonces, tan de barrio, tan universal, tan sencillo, aguerrido y hermoso, que rezaba, y ruego canten conmigo… El Rayo Vallecano… en jugadas de virtud… derrocha valentía, coraje y juventud…

En jugadas de virtud… ¡HALA OVIEDO!

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