Opinión

El pasín de Diego

Espectacular recibimiento al Real Oviedo antes de la ida del play-off contra el Eibar en el Carlos Tartiere.

Espectacular recibimiento al Real Oviedo antes de la ida del play-off contra el Eibar en el Carlos Tartiere. / Juan Plaza

Conozco un chaval de una villa asturiana, llamémosle Diego, que es un fanático del fútbol. Ha crecido con Messi y CR7 hasta en la sopa, con el Madrid empachándose en la Champions y con la selección española logrando títulos europeos y mundiales que parecían imposibles para quienes sufrimos como naranjitos aquel desastre del 82. En todos esos años, en toda su vida, Diego no solo no ha visto al Oviedo en Primera, sino que el equipo, empeñado en dar por buena la ley de Murphy, ha dado muchas más decepciones que alegrías, casi reducidas estas últimas al ascenso en Cádiz y a los triunfos en los derbis. Pese a ello, este chaval siente al club con una intensidad máxima y una pasión tan grande que sería digna de mejor causa para quienes no comparten su sentimiento. No deja hueco para el merengue ni para el blaugrana, y mucho menos para lo rojiblanco, todo en Diego es azul.

Se dirá, con razón, que siempre ha habido aficionados apasionados, pero lo que hace este caso especial es que en estos tiempos de globalización haya miles de oviedistas como Diego, chicos y chicas muy jóvenes que solo saben de los días dorados por lo que les contaron y que están viviendo con toda la ilusión del mundo el gran momento que atraviesa el equipo, tras tantos años de sinsabores, con la primera promoción a la máxima categoría desde el ansiado regreso al fútbol profesional. Nadie se merece más el ascenso que estos nenos. Quienes han mantenido encendida la llama azul en los tiempos oscuros, en medio de unas adversidades que llegaron a parecer insalvables, lo hicieron precisamente por ellos. Para que puedan disfrutar de su Oviedín tantísimo como sus padres lo hicieron en los años noventa del siglo pasado en el viejo Carlos Tartiere con figuras como Carlos, Prosinecki, Jokanovic o Paulo Bento, por citar solo unas pocas.

O para que vibren como lo hicieron sus abuelos bastante antes con la segunda edad de oro del club, aquella que en los primeros sesenta deleitó a la afición con jugadores de la talla de Paquito, Iguarán, José María o Sánchez Lage, sucesores de los grandes mitos de los años treinta, cuyos nombres (Lángara, Herrerita, Emilín, Falín…) resuenan a gloria transcurrido casi un siglo de sus gestas balompédicas, que también son las de Diego y sus amigos.

Pocos clubes habrían sobrevivido a un infierno como el que ha padecido el Oviedo en estos últimos veinte años. Por ello, para los que ya peinamos algunas canas y hemos acompañado al equipo en su larga travesía por las catacumbas del fútbol español, resulta muy emocionante comprobar lo mucho que engancha el Oviedo a los chavales, la baja media de edad que se ve todos los domingos en el Tartiere y la ilusión con que la juventud azul disfruta en esta promoción.

En este resurgir ha tenido mucho que ver Luis Carrión, un entrenador muy capacitado desde el punto de vista técnico y que proyecta una inmejorable imagen del club. Ha logrado en muy poco tiempo dar la vuelta al trauma derrotista de la entidad, marcada por los reveses de las últimas décadas, para superar complejos y tener fe en la victoria, en que no todo tiene que salir mal. Carrión es un profesional y está en todo su derecho de tomar las decisiones que estime oportunas tras el partido de Barcelona, pero seguro que no se arrepentirá si decide seguir aquí suceda lo que suceda dentro de una semana. Las bases están puestas para que, si no es este año sea el viene, su nombre se escriba con letras de oro en la historia del club azul, esa en la que figuran entrenadores de la talla de Vicente Miera, Jabo Irureta, Radomir Antic, Luis Aragonés y también, claro que sí, Antonio Rivas.

Diego y esta nueva generación de aficionados demuestran que hemos vuelto, si es que alguna vez nos fuimos. Para la gloria solo queda un pasín. Démoslo juntos. Con los chicos, con los veteranos y con el apoyo de los que tiñen el cielo de azul.

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