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El fútbol contra Darwin

Sobre cómo el balompié ha perdido su romanticismo

Parece que dos siglos antes de Cristo, los chinos intentaron jugar al fútbol. Supongo que abandonaron por la dificultad que entrañaba utilizar los pies.

En la segunda mitad del siglo XIX, los ingleses dieron un paso al frente dejando atónito al propio Charles Darwin, que en esas fechas sentaba las bases de la teoría de la evolución, en la que la adaptación de la mano tendría una vital importancia para el "homo sapiens".

La primera prueba del enorme desafío a la Naturaleza la tenemos en el tamaño de la portería cuando se la compara con el diámetro de una canasta de baloncesto, el tamaño de una portería de hockey o incluso la del balonmano.

Sin embargo, la escasa economía de medios que necesitaba este juego (apenas una pelota) y que cualquiera podía participar sin ningún condicionante físico (estatura, peso) hizo que la propuesta que los ingleses difundieron en otros países como emigrantes o trabajadores de empresas, se convirtiera rápidamente en un deporte extraordinariamente popular. En apenas medio siglo comenzaron a ponerse las bases para la competición en la mayoría de los países europeos y sudamericanos.

Con todo, para llevar el balón a la red los primeros equipos adoptaron una disposición claramente ofensiva, tres defensas, dos mediocampistas y nada menos que cinco delanteros (3-2-5 en nomenclatura actual). Al portero fue el único al que se le permitió utilizar las manos para guardar la puerta.

Además, las normas del juego favorecían a los que con mayor determinación buscaban la red rival. De ahí surgió la ley de la ventaja, la línea no era fuera de juego, la penalización de dar –o intentar dar– una patada para interrumpir el juego, las sanciones disciplinarias como las tarjetas amarillas y rojas.

Pero el mayor progreso en el desarrollo de los partidos llegó con la especialización de los distintos jugadores en el campo. Portero al margen, en el verde competían defensas rápidos y fuertes sin necesidad de buen manejo del esférico con jugadores con buen control del mismo, capaces de hacerlo llegar rápidamente a posiciones estratégicas. Desde el principio, los países (por ejemplo, en España la talla mejoraría con el desarrollo) y jugadores con una menor estatura alcanzaron posiciones preminentes. Cerebro y pie ejecutaban las órdenes con mayor rapidez. Ejemplos actuales como Xavi, Iniesta, Messi o Modric mostraron un lenguaje futbolístico universal. Sin ir tan lejos, nosotros pudimos disfrutar jugando con Peporrín y sus primos Rufino y Puskas (más evolución).

Aunque antes, y también ahora, el rey sigue siendo el gol. Que el balón traspase la línea de meta es el desiderátum. Por eso los que lo consiguen con mayor facilidad son las estrellas de sus equipos, los más buscados y los mejor remunerados. No tienen por qué ser pequeños, al contrario, pero sí manejar todas las partes del cuerpo que permiten dirigir la pelota con precisión. Llegados a este punto no nos extrañará que los goleadores manejen las dos piernas y que sean excelentes rematadores de cabeza. Sin embargo, el tiempo todo lo cambia. El juego se ha transformado en un espectáculo e incluso en una nueva religión, con una sola consigna: ganar. Si para ello hay que cerrar la portería a cal y canto, se hace un planteamiento con diez jugadores bajo la lona. Para contrarrestar a los jugadores con buena técnica, se les somete a una presión física extraordinaria hasta que arríen la bandera.

Los que nos quedamos en la época del juego y de la rivalidad estamos expectantes del giro evolutivo que la mejoría progresiva de los aspectos físicos, las nuevas tácticas y la introducción de las nuevas tecnologías, incluida la inteligencia artificial, introducirá en el fútbol.

Me temo que el juego no saldrá beneficiado.

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