Opinión
Geometrías no euclidianas, médicos circulares y la mirada de Norman Bates
1. El infinito está muy lejos.
¿La derrota del Real Madrid ante el Liverpool y el destrozo mayúsculo que el Chelsea propinó al Barça demuestran que la Premier League es mucho mejor que la Liga? Ni idea. Habrá que esperar a ver qué pasa en mayo con la Liga de Campeones, y a que el Liverpool y el Chelsea se enfrenten en algún momento de la temporada al Real Madrid en el Bernabeu y al Barça en el Camp Nou. A lo mejor un par de partidos no hacen una primavera. ¿El marcaje de Cucurella a Lamine Yamal en Stamford Bridge ha conseguido que los aficionados nos demos cuenta de que el autocoronado rey del fútbol está desnudo? Ni idea. Habrá que esperar a que lleguen esos partidos en los que un equipo se juega no solo los puntos, sino la temporada. A lo mejor Cucurella es un futbolista de puntos y Lamine es un futbolista de temporada. ¿El fútbol valiente y atractivo del Elche, sostenido además por un portero sobrio y una defensa rocosa, es pan para hoy y hambre para mañana, como le ocurrió al inolvidable Girona de hace un par de temporadas? Ni idea. Las comparaciones entre un equipo aplomado como el Elche de Germán Valera y un equipo como el Girona de Savinho que se desplomó después de una gran temporada olvidan que la geometría futbolística es a veces no euclidiana, de manera que el camino más corto entre dos puntos puede ser curvado y las líneas paralelas pueden cruzarse. A lo mejor no hay una línea recta entre el Elche y el Girona, y los caminos paralelos de Girona y Elche se juntarán en el infinito. Pero el infinito está muy lejos. Tan lejos como la desnudez de Lamine Yamal y el mes de mayo.
2. Molière futbolero.
La palabra "intensidad" está empezando a ser futbolísticamente molesta. Cuando un equipo gana, lo hace porque ha jugado con "intensidad", y cuando pierde la culpa es de la falta de "intensidad" de los futbolistas. Al Barça le faltó "intensidad" en Stamford Bridge, y al Chelsea le sobró. ¿Cuál era la receta antes del partido Sevilla-Betis? "Intensidad", y esto vale tanto para los aficionados del Sevilla como del Betis. Y, sin embargo, me parece que los que recetan "intensidad" futbolística se parecen mucho al médico de la obra de Molière que daba argumentos circulares que explicaban las sustancias somníferas mediante sus cualidades dormitivas. La intensidad del Chelsea en el partido de Liga de Campeones contra el Barça se explica por las cualidades intensas que desplegaron Estêvão, James o Neto, mientras que la falta de intensidad del Barça fue consecuencia de la ausencia de intensidad en un Lamine despistado, un De Jong inmovilizado y un Cubarsí sobrepasado (no solo en la carrera con Neto).
La intensidad produce intensidad, y la falta de intensidad provoca falta de intensidad. Supongo que Enzo Maresca, su entrenador, no dijo a los futbolistas del Chelsea que jugaran con intensidad, mientras que Flick aconsejó a los suyos dejar de lado la intensidad. Las ruedas de prensa después de los partidos durarían mucho menos tiempo si entrenadores y futbolistas no pudieran decir que jugaron con intensidad o que les faltó intensidad. El médico de Molière hablaba de la "virtus dormitiva" y los entrenadores, futbolistas y aficionados hablamos de la "virtus intensa".
3. Futbolistas incapaces de matar una mosca.
Decía Alejandro Dumas que Dios quiso que la mirada sea algo que el hombre no puede ocultar. En fútbol, la sutil reflexión de Dumas es tan cierta como cierto es que es posible cambiar de religión, de pareja o de partido político, pero no de equipo de fútbol. La mirada de un futbolero mientras ve un partido de fútbol le delata, aunque ese futbolero sea Laporta y permanezca impasible en un palco como si fuera Norman Bates en la última secuencia de "Psicosis". Pero no quería hablar de presidentes, ni siquiera de aficionados, sino de futbolistas. La nueva moda del fútbol moderno tiene que ver con la mirada. Muchos futbolistas no acaban de entender que los banquillos están llenos de jugadores que un día se creyeron imprescindibles, así que cuando son sustituidos algunos intentan controlar el gesto (otros como Vinicius Jr. ni siquiera lo intentan), dan la mano a su entrenador, saludan a la grada e incluso se sientan en el banquillo sin dar una patada a la primera botella de agua que encuentran, pero algo los delata. La mirada. Esa mirada que dice "¿por qué me cambian?", esa mirada que grita "¡injusticia!", esa mirada que proclama ante el mundo que "no me voy, me echan". Norman Bates (o su madre) se niega al final de "Psicosis" a espantar a una mosca posada en su mano, para que todos vean que es tan inocente que ni siquiera es capaz de matar una mosca. Pero la mirada de Norman lo dice todo porque no puede esconder nada. Lamine, Bellingham y compañía no solo tendrán que taparse la boca en el campo cuando hablan para que no nos enteremos de lo que dicen, sino que no les quedará otro remedio que cerrar los ojos cuando son sustituidos para que no sepamos lo que piensan.
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