Opinión
Acelgas en Nochebuena, espectáculos romanos y turrón africano
1. Navidad sin fútbol.
El parón navideño en la Liga es una de esas tradiciones sin pies ni cabeza (nunca mejor dicho) con las que ni el hipermercantilizado fútbol moderno puede acabar. Lo siento por los futbolistas de élite, pero el fútbol debería ser para la Navidad como las bicicletas son para el verano o la poesía es para quien la necesita. Una Navidad sin fútbol tendría que ser tan triste como una Navidad sin George Bailey y Mary Hutch en "¡Qué bello es vivir!", y tan sosa como una Navidad sin discutir si "Jungla de cristal" es o no una película navideña (por supuesto que lo es). Una Navidad sin partidos de Liga debería extrañarnos tanto como una Navidad en la que los agraciados con el "gordo" de la lotería saludan a las cámaras descorchando botellas de agua, y tendría que estar tan prohibida como servir en la cena de Nochebuena un plato de puñeteras acelgas en lugar de una bandeja de langostinos al horno. Una Navidad sin hablar de la jornada de Liga debería ser algo tan absurdo como querer comprar una punzonadora hidráulica en un mercadillo navideño, y tan extravagante como pretender que "Revuelta juvenil en Mongolia" desbanque a "All I Want for Christmas Is You" como canción navideña más escuchada. También es cierto que agradecemos una Navidad sin la ración semanal de vídeos conspiranoicos de Real Madrid TV, sin los extravagantes movimientos en los despachos del Real Oviedo, sin el inacabable catálogo de caritas enfurruñadas de los futbolistas cuando son sustituidos y con un buen puñado de minutos de más dedicados a vivir en lugar de estar pendientes de lo que dice el VAR. Pero una Navidad con fútbol sería una Navidad mejor. ¿Quién quiere cenar acelgas en Nochebuena?
2. Hemingway y el fútbol.
Menos mal que a los futboleros siempre nos queda la Premier League y, este año, la maravillosa Copa Africana de Naciones. Los ingleses entienden muy bien que si el fútbol es un deporte popular, tiene que serlo sobre todo cuando el pueblo dispone de algo más de tiempo para olvidar un poquito lo urgente y dejar de lado un ratito lo importante. El fútbol no es ni urgente ni importante. Es solo fútbol. Un juego. Por desgracia, el fútbol moderno está empujando a este juego a su transformación definitiva en un deporte a la romana. Como explica Alfonso Mañas en su sugerente ensayo sobre la tauromaquia romana, los espectadores de la antigua Roma solo consideraban un espectáculo, es decir, algo digno de ser visto, aquellas formas ritualizadas de enfrentamiento que desafían de alguna manera a la muerte: las luchas con los animales, los combates de gladiadores, las carreras de carros o el pugilato. Los romanos despreciaban el deporte griego, como despreciarían nuestro fútbol, porque ni los deportistas ni los futbolistas corren un riesgo claro de morir en la pista o en el terreno de juego. Puede que los romanos admitieran que el fútbol moderno es un espectáculo digno de verse porque el fútbol se ha convertido en un deporte en el que se arriesgan miles de millones y los futbolistas se juegan su vida (deportiva) partido a partido. Mataremos, deportivamente hablando, a Lamine Yamal en el momento en que no nos deslumbre veinte veces por partido, sino solo tres o cuatro. Ernest Hemingway decía, de una manera muy romana, que solo hay tres deportes: los toros, el automovilismo y el montañismo. Los romanos y Hemingway estarían de acuerdo en que el fútbol moderno es un deporte de mucho riesgo.
3. El sabor del turrón.
Quizás por la lejanía, la Copa Africana de Naciones tiene para los futboleros europeos ese aroma de fútbol de antes. No es que el fútbol africano desprecie la estrategia y prefiera un mal caos a un buen orden, ni que los partidos de la Copa Africana sean simples y vertiginosos correcalles. Qué va. Es que en los estadios africanos no hay esas espantosas gradas de animación, sino aficiones que animan en la grada. Es que las camisetas de las selecciones africanas son chulísimas. Es que los equipos africanos entienden el valor y el sentido del brazalete de capitán. Es que los espectadores nos divertimos muchísimo viendo un Senegal-República Democrática del Congo o un Marruecos-Mali. Es que en África un futbolista como Brahim, plano y casi melancólico en el Real Madrid, vuela en su alfombra mágica ante el asombro de los aficionados marroquíes. Es que la Copa Africana de Naciones casi nos hace olvidar que la Liga no vuelve a casa por Navidad, y nos devuelve el sabor del turrón de toda la vida.
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