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Pelayo Botas García-Barrero

A perro flaco, todo son pulgas

Sobre la derrota azul

Hay derrotas que duelen por el marcador. Y hay otras que duelen mucho más por la sensación de injusticia. La del Real Oviedo en El Sadar pertenece claramente al segundo grupo. Porque el equipo compitió. Porque no fue inferior. Porque hizo méritos, al menos, para no marcharse con las manos vacías. Pero una vez más, ni la suerte ni las decisiones arbitrales (otra vez incomprensibles) estuvieron del lado azul. El Oviedo volvió a demostrar que está vivo. Que tiene orden, personalidad y capacidad para discutirle el partido a cualquiera. Supo sufrir, supo ajustar, supo esperar su momento. Incluso cuando Osasuna apretó con el ambiente y la necesidad, el equipo de Almada no se descompuso. Hubo oficio, hubo lectura y hubo convicción. Pero en esta categoría, cuando el margen es tan pequeño, cualquier detalle te tumba. Y esta vez cayeron todos en contra.

Un penalti clarísimo que no se hubiera dado los tres puntos, cambiados por una interpretación del Var que vuelve a dejar al oviedismo con la sensación de caminar siempre cuesta arriba. No se trata de buscar excusas, sino de señalar una realidad: el Oviedo no está recibiendo el mismo trato que otros, véase Girona el Viernes. Y cuando un equipo vive en el alambre clasificatorio, esas decisiones pesan como una losa. Lo más frustrante es que este Oviedo no transmite resignación. Transmite rabia, orgullo y hambre. No es un equipo roto. Es un equipo que compite. Que cree. Que se organiza mejor que hace meses. Que llega más. Que concede menos. Que tiene una idea. Y por eso la derrota duele más: porque parece que el camino empieza a ser el correcto, pero los resultados todavía no acompañan. El fútbol es cruel por definición. Premia menos de lo que castiga. Y al Oviedo le está tocando pagar demasiado por errores mínimos, mientras otros sobreviven con bastante menos.

Pero si algo tiene el oviedismo es memoria y fe. Fe irracional, a veces. Fe sin argumentos, muchas otras. Fe incluso cuando el calendario te envía al próximo partido al Nou Camp, contra el líder. A disfrutar, dicen algunos. A sufrir, pensamos casi todos. Pero también a soñar, porque el fútbol es precisamente eso: la posibilidad de que lo imposible ocurra. ¿Quién dijo que no se puede? ¿Quién dijo que no hay margen para una sorpresa? Si este equipo es capaz de competir en El Sadar, también puede hacerlo en Barcelona. Y si no sale, al menos que salga con dignidad, con personalidad y con esa sensación de "lo intentamos" que tanto necesita ahora mismo la afición.

Hay que agarrarse a un clavo ardiendo. Porque a veces, ese clavo termina siendo el punto de apoyo para levantarse. El Oviedo no está muerto. Está herido. Y un equipo herido, cuando cree, puede ser muy peligroso. Por eso nos gusta tanto el fútbol. Porque nunca se sabe. Y porque, aunque nos duela, seguimos esperando el partido siguiente con la misma ilusión.

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