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Pelayo Botas García-Barrero

Abramos el manicomio

Sobre la victoria del Real Oviedo frente al Girona

Hay partidos que valen más que tres puntos. El Real Oviedo-Girona es uno de ellos. No por el rival, no por el resultado ajustado, sino por lo que simboliza. Ganar 1-0 en este contexto, con el equipo en plena pelea por la supervivencia, es una inyección de fe, de calma y de sentido común en medio del ruido. El Oviedo ganó porque supo competir, porque fue sólido cuando tocó sufrir, y mucho, durante la primera parte y porque, durante treinta minutos, apareció sobre el césped el futbolista más inteligente con balón que tiene ahora mismo está plantilla. Santi Cazorla, con 41 años en el DNI, entró al campo y ordenó el caos.

No necesitó correr más que nadie ni levantar al público con una acción grandilocuente. Le bastó con hacer lo que lleva haciendo toda su carrera: dar sentido a cada balón. Donde antes había prisa, puso pausa. Donde había pelotazos sin dueño, puso pases con intención. Cada control orientado, cada giro, cada apoyo ofrecido fue una lección silenciosa de fútbol. De ese que no se aprende en los manuales ni se mide en estadísticas. Durante esos treinta minutos, el Oviedo fue otro. Más reconocible, más adulto, más consciente de lo que se estaba jugando. El balón dejó de quemar y empezó a ser un aliado. Y de sus botas nació el gol. Y no es casualidad. Los equipos que se salvan siempre tienen a alguien que piensa cuando el resto corre. Y el Oviedo, hoy por hoy, solo tiene a uno así. El 1-0 no fue brillante, pero fue para nosotros justo. Y, sobre todo, fue necesario. Porque en esta categoría, en esta pelea, ganar es lo único que te permite mirar la clasificación sin miedo. Y ahora, por primera vez en semanas, se puede hacer.

De ahí la frase que se escucha estos días en la calle, en los bares y en la grada: "Abramos el manicomio". Porque si el Oviedo es capaz de ganar la próxima semana en Vallecas al Rayo, un rival directo que está a seis puntos, la distancia se reduciría a solo tres. Tres puntos. Un partido. Una vida. Y entonces sí. Entonces el siguiente partido en casa sería otra cosa. Sería nervio, sería ilusión desatada, sería un Tartiere convertido en olla a presión. Sería abrir el manicomio. No desde la locura irracional, sino desde esa fe colectiva que tantas veces ha empujado a este club cuando parecía imposible.

No es momento de euforias, pero tampoco de resignación. Es momento de creer con argumentos. Y el del próximo domingo en Vallecas es claro: este equipo, con oficio, con compromiso y con un poco de talento bien utilizado, puede competir. Con Cazorla diez minutos, treinta o los que el cuerpo le deje, pero bien rodeado y entendido. Con el grupo remando. Y con una afición preparada para lo que viene. Porque si el Oviedo gana en Vallecas, que nadie se asuste. Que se abran las puertas. Que suene la sirena. Abramos el manicomio.

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