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Opinión

Coros nauseabundos, culpables con cara y un equipo convertido en talón

1. No aprendemos nada.

Edith Bruck, la novelista húngara superviviente de Auschwitz, dice que este mundo y la humanidad no mejoran porque no aprendemos nada del pasado. Hay momentos en los que creo que Bruck acierta pero se equivoca, y hay otros momentos en los que me parece que se equivoca pero acierta. Después de la vergüenza que pasamos los futboleros de buena voluntad viendo el partido amistoso (en fin) entre las selecciones de España y Egipto, con tantísimos asistentes (sí, tantísimos) insultando a los musulmanes, al presidente del Gobierno, a Joan García y a no sé cuántos más, parece que está claro que el fútbol no solo no mejora con tanto VAR y tanta tontería, sino que no hemos aprendido nada del pasado. Protocolos medidísimos, avisos por megafonía, amenazas de multas… Bah. Qué vergüenza. Qué hartazgo. Qué mal rollo. Qué mal cuerpo. Qué ganas de pasarse al curling, a ver si ahí no hay energúmenos. El pasado martes, el programa "Malas lenguas" emitió un reportaje sobre los problemas que tienen los vecinos de San Cucao para cruzar la carretera porque los vehículos, incluidos los camiones, no respetan la limitación de velocidad y han convertido un gesto tan cotidiano como salir de casa para tirar la basura en un deporte de riesgo. Un experto solo veía una solución: radar y multas. El único lenguaje que entendemos. Multazo. En aquel momento, me pareció que el experto exageraba. Ya no. Ahora creo que la única solución a la espiral de barbarie en las gradas de los estadios de fútbol es la megamulta, el hipercierre y la superexpulsión de todos los tipos que insultaron a coro a los musulmanes. Ya hemos aceptado que se puede insultar a los políticos y a los futbolistas porque sí, porque para eso les pagamos y bla, bla, bla. Vale, que así sea. Pero esos coros insultando a los musulmanes, esa nauseabunda juerga racista en la grada, esa manera de demostrar al mundo que la humanidad no mejora ya es intolerable. Cierre del estadio. Multa brutal. Expulsión de espectadores. Y educación para la futbolería en las escuelas.

2. ¿Quién quiere hablar como una dama?

Me alegro por Bosnia, que se ha clasificado merecidísimamente para disputar el Mundial de Canadá-México-Estados Unidos, pero no entiendo toda esa alegría por el nuevo y gigantesco fracaso de la selección italiana. En realidad, que en un Mundial en el que participan 48 selecciones no esté Italia es algo más que un fracaso, es una humillación futbolística que no tiene ninguna lógica. Y el fútbol italiano, que tantas ganas de arañarse la cara ha provocado en los futboleros que sufrimos el "catenaccio" o las rácanas victorias de un Inter o una Juve con menos ángel que un palillo de dientes, no merecía esa humillación. Algunos echaremos de menos a los italianos, con sus elegantes equipaciones. Echaremos de menos esa sensación de "esta gente no juega a nada, pero son capaces de ganar el Mundial". Y echaremos de menos a Gattuso. Imagino que los aficionados italianos están tan enfadados que pensarán lo contrario que la florista Eliza Doolittle en "Pigmalión", la obra de teatro de George Bernard Shaw, cuando dice al arrogante profesor Henry Higgins que no quiere hablar fonética, sino hablar como una dama. A la porra las damas y, de paso, la fonética y los buenos modales. Los italianos quieren que su selección se clasifique para un Mundial como lo ha hecho toda la vida, de forma perronera, a veces hasta vulgar y con ese inconfundible fútbol con acento italiano capaz de desesperar al santo Job. Para colmo, como ya es tradicional en el fútbol moderno, muchos aficionados han buscado un culpable con cara y ojos al que hacer la vida imposible: Bastoni, el central expulsado. Pues vaya. No, este mundo no mejora.

3. Tropezones y caídas.

El tremendo y amoral Frank Underwood de la serie "House of Cards", que nos enseñó lo que puede ser capaz de hacer un ser humano para llegar al poder y mantenerse en él antes de que Donald Trump nos lo mostrara, distinguía entre un tropezón y una caída. ¿La derrota del Real Madrid en Mallorca fue un tropezón más, o la caída definitiva de un equipo que se ha convertido en un montón de futbolistas? Underwood también nos enseñó que incluso Aquiles era igual de fuerte que su talón. Y parece que ese es el problema, al menos en la Liga, del Real Madrid desde hace ya un par de temporadas: el equipo es un enorme talón que le convierte en vulnerable en defensa, inconsistente en el centro del campo y errático en la delantera. ¿Cómo se levanta un equipo como el Real Madrid después de una caída? Desde luego, no apoyándose en los talones. Solo hay una solución: ganar la Liga de Campeones. Pero será difícil porque el Real Madrid ha aprendido muchas cosas de su pasado, pero insiste en no recordarlas en el presente.

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