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Pelayo botas garcía-barrero

Victoria y fe

Sobre el triunfo ante el Sevilla en el Tartiere

Hay partidos que valen tres puntos y hay partidos que sostienen una fe. Lo del domingo en el Carlos Tartiere pertenece claramente a la segunda categoría. La victoria por 1-0 del Real Oviedo ante el Sevilla no solo alimenta la clasificación, sino que vuelve a recordarnos que en el fútbol las sentencias anticipadas suelen ser un error. Mientras exista un mínimo margen matemático, mientras haya partidos por delante y un estadio que empuje como lo hicieron las casi 25.000 personas presentes, nadie puede dar por imposible la salvación.

Desde el punto de vista táctico, el partido del Oviedo fue un ejercicio de inteligencia competitiva. El plan estuvo muy claro desde el inicio: bloque medio-bajo bien organizado, líneas juntas y máxima vigilancia sobre los intervalos interiores para impedir que el Sevilla pudiera progresar con comodidad entre líneas. El equipo asturiano entendió perfectamente dónde se jugaba el encuentro. Sin balón, el Oviedo mostró una estructura muy compacta, con los mediocentros cerrando carriles interiores y obligando al rival a circular por fuera. El trabajo de los extremos en ayudas defensivas fue sobresaliente, especialmente en la basculación hacia banda para generar superioridades sobre el poseedor. No se trató de una presión alta constante, sino de una presión selectiva, activada en momentos muy concretos: pase atrás al central, recepción orientada hacia su propia portería o balón lateral sin apoyos cercanos. Ahí el equipo saltó con valentía. También ayudó la temprana expulsión sufrida por el conjunto de Nervión.

La clave sin duda estuvo en la disciplina colectiva. Cada futbolista supo interpretar su altura, su distancia con el compañero y el momento exacto para temporizar. Esa coordinación permitió reducir los espacios a la espalda de la medular y, sobre todo, proteger el área. El Sevilla tuvo posesión en varias fases, pero le costó traducirla en ocasiones realmente limpias. Con balón, el Oviedo fue pragmático. No tenemos la calidad ni el talento para jugar de otra manera. El Oviedo no quiso tener por tener, sino progresar con sentido. Buscó transiciones rápidas, aprovechando la velocidad de sus hombres de ataque y la capacidad de los interiores para llegar a segunda jugada. El gol nació en un córner, impecablemente rematado por nuestro killer, con dos bloqueos previos ejecutados a la perfección.

Pero más allá del análisis táctico, volvió a hablar el Tartiere. Veinticinco mil personas empujando, creyendo, sosteniendo al equipo incluso cuando la lógica invita al pesimismo. Eso también juega. Eso también defiende. Eso también marca goles. La grada volvió a demostrar que este club tiene un alma que no entiende de resignación. En el fútbol nunca se sabe. Esa es precisamente su grandeza. Cuando parece que todo está perdido, basta una victoria para reabrir la esperanza. El Oviedo hizo su parte sobre el campo; la afición, una vez más, cumplió con matrícula de honor. Queda camino, queda sufrimiento y quedan finales. Pero mientras el equipo compita así y el Tartiere siga respondiendo de esta manera, nadie debería atreverse a escribir el final antes de tiempo.

¡Hala Oviedo! n

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