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La opinión de Antonio Rico: Rosquillas con amor, preguntas teológicas y cosas que pasan

José Bordalás, durante el partido Real Sociedad-Getafe. | JUAN HERRERO / EFE

José Bordalás, durante el partido Real Sociedad-Getafe. | JUAN HERRERO / EFE

1. La cámara en la oreja.

¿Qué añade a un partido de fútbol esa ridícula cámara que ahora llevan los árbitros en una oreja? Lo mismo que el amor en las manos del cocinero que hace rosquillas con una receta de su abuela: nada. Las rosquillas hechas con amor son rosquillas. ¿O acaso el amor solo es un factor relevante cuando se trata de cocina? ¿Un albañil levanta mejores paredes si las hace con amor? ¿Preguntamos a un fontanero si va a arreglar con amor la cisterna del baño? Si tenemos dolor de cabeza, tomar una aspirina y desear fervientemente con la mano en el corazón que nos pase el dolor es un remedio muy efectivo. Pero pruebe a tomar solo la aspirina. Ni el amor, ni todo lo que no sea una aspirina, ni una puñetera cámara en una oreja del árbitro mejoran nada. Pero unas rosquillas o una pared hechas con amor me parecen más interesantes que una jugada vista a través de una cámara en una oreja del árbitro. Qué cansancio me produce el fútbol moderno. Qué hastío. Además, la cámara se llama "RefCam" (Referee Camara). Cielo santo. A este paso, los árbitros se van a parecer a Jean-Claude Van Damme en "Soldado universal". O a Terminator. O a Robocop. Cámaras, pinganillos, espráis… Eso sí, los árbitros siguen apuntando las incidencias del partido en una libretita con un boligrafito. Pronto veremos a los árbitros salir al terreno de juego con una mochila que contenga todo lo que necesitan para pitar un partido de fútbol. Y, sin embargo, el fuera de juego que el VAR señaló a Ferrán en el partido Barça-Celta es tan antifutbolero, tan absurdo y tan indignante que a más de uno nos habría gustado que la RefCam nos hubiera enseñado la cara del árbitro. Esa cara que dice: ¿quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Qué sentido tiene todo?

2. ¿Perdón por qué?

Vinícius Jr. marcó un gol al Deportivo Alavés y, después, pidió perdón a la afición del Bernabéu. Pero no sabemos qué pecado cree Vinícius Jr. que cometió, solo sabemos que pidió perdón. Puede que Vinícius Jr. estuviera atrito, es decir, arrepentido de sus pecados por temor al castigo de la afición en forma de silbidos y descenso de las ventas de camisetas con su nombre. O tal vez Vinícius Jr. estaba contrito, o sea, dolido por haber ofendido a la afición madridista por el amor que el futbolista brasileño le tiene a esa afición. ¿Basta lamentar haber pecado solo por temor a las penas del infierno de un Bernabéu en llamas? ¿O es necesario el amor a esa afición que no siempre parece dispuesta a señalar a Vinícius Jr. como la estrella del equipo? Son preguntas teológicas cuya respuesta futbolística exigiría un santo Tomás no de Aquino sino del balompié. Pero la cuestión fundamental no es la atrición o contrición de Vinícius Jr. sino la naturaleza de sus pecados. ¿Cómo se puede pedir perdón sin dejar claro el pecado? ¿Qué pecados cree Vinícius Jr. que cometió, tan graves como para pedir perdón públicamente a la afición del Bernabéu? ¿Marcó pocos goles? ¿No se esforzó lo necesario? ¿No consiguió la suficiente química con Mbappé? ¿No hay física con el resto del equipo? ¿Acaso considera que cobra demasiados millones por tan pocos títulos? ¿No se portó bien con Xabi Alonso? Tengo una teoría. Vinícius Jr. pidió perdón a la afición en nombre del equipo porque la pésima temporada del Real Madrid puede traer de vuelta al Bernabéu a Mourinho. Vinícius Jr. no pidió perdón por los pecados cometidos, sino por la penitencia que tendría que soportar el Bernabéu con Mourinho en el banquillo como castigo por dos temporadas sin juego, sin títulos y sin alma.

3. Si la cosa funciona.

El Getafe de Bordalás está haciendo una gran temporada sin que a jugadores, entrenador y afición les importen demasiado las críticas. ¿El juego del Getafe es rácano, aburrido, pesado? ¿Es el Getafe el sillón del dentista del que hablan todos los comentaristas? Bordalás podría decir lo mismo que Boris Yellnikof, el físico misántropo y nihilista (al menos, hasta que conoce a Melodie) en "Si la cosa funciona", la película de Woody Allen. En un mundo tan caótico e impredecible como el del fútbol, cualquier estilo de juego es válido si funciona, es decir, si da puntos o, al menos, no los quita. Mientras la cosa funcione, el Getafe tiene razones para seguir jugando a lo que juega, que es básicamente a que el rival no juegue. La "cosa" no le dio al Getafe para ganar al Barça, pero no nos equivoquemos: un equipo con Davinchi y Mario Martín no aspira a ganar la Liga, sino a mantenerse en Primera División y, con un poco de suerte, hasta clasificarse para disputar una competición europea que no sea la aristocrática Liga de Campeones. Si la cosa funciona, todo va bien. Cuando la cosa deje de funcionar, porque en fútbol estas cosas pasan, entonces volverá el Bordalás misántropo y nihilista.

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