Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

pelayo botas

Fue bonito mientras duró

Había algo en el ambiente del Carlos Tartiere que invitaba a creer. Dos partidos en casa, dos finales consecutivas, dos oportunidades para agarrarse a la permanencia con uñas y dientes. El guion estaba claro: ganar los dos o, al menos, sumar cuatro puntos que mantuvieran con vida a un equipo que, pese a todo, nunca ha dejado de competir. Pero el fútbol, caprichoso y a veces cruel, volvió a poner al Real Oviedo frente al espejo de sus propias limitaciones. El primer acto, ante el Villarreal, el jueves, dejó esa sensación amarga de lo que pudo ser y no fue. Marcado por el esperpento del VAR una vez más, el Oviedo fue un equipo que compite, que tiene tramos de dominio, que genera lo suficiente como para merecer más… pero que vuelve a fallar en lo determinante. Falta precisión, falta contundencia en las áreas y, sobre todo, falta esa chispa que marca la diferencia cuando todo está en juego. En partidos así no basta con estar cerca, hay que golpear. Y el Oviedo volvió a quedarse a medio camino.

Con ese poso emocional llegó el segundo envite, el decisivo, el del domingo ante el Elche. Y aquí es donde surgen las dudas que van más allá del resultado. En un contexto límite, con todo en juego, sorprenden los cambios en el once, las variaciones en la estructura y la sensación de empezar de nuevo cuando lo que pedía el momento era continuidad, confianza y certezas. El punto final entre los dos partidos sabe a poco, muy poco, porque no solo no suma lo suficiente, sino que además transmite la idea de que el equipo no termina de encontrarse a sí mismo cuando más lo necesita.

Desde el punto de vista táctico, el Oviedo volvió a mostrar dos caras. Por momentos, presión alta coordinada, capacidad para robar y atacar rápido, incluso buenas asociaciones por dentro. Pero en otros, demasiadas distancias entre líneas, pérdidas evitables y dificultades para defender situaciones sencillas. Esa irregularidad, que durante la temporada ha sido una constante, en este tramo final se paga demasiado cara. El gran problema no es ya solo lo que se ha dejado de sumar, sino lo que significa. La permanencia, que hace semanas parecía una misión complicada, ahora se ha convertido en una auténtica quimera. No por falta de actitud ni de compromiso –eso es innegociable en este equipo–, sino porque el margen de error era mínimo y se ha agotado en el peor momento posible.

El Tartiere volvió a estar a la altura. La gente empujó, creyó, sostuvo al equipo incluso en los momentos más grises. Pero el fútbol no entiende de merecimientos emocionales. Entiende de puntos. Y el Oviedo, en estas dos finales, solo sumó uno. Quizá por eso duele más. Porque durante muchos tramos de la temporada dio la sensación de que sí, de que era posible, de que había argumentos para agarrarse a la esperanza. Pero el desenlace empieza a dibujarse con crudeza.

Fue bonito mientras duró. Pero en el fútbol, como en la vida, no basta con rozar el objetivo. Hay que alcanzarlo.

¡Hala Oviedo! n

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents