Opinión
Humillación sin descuento, Luis XIV paranoico-crítico y palcos romanos
1. Cinco minutos para un milagro.
Casi nada de lo que decimos que es "humillante" en un partido de fútbol lo es. Hacer un caño no es humillante. Ni que los jugadores de un equipo se pasen la pelota cuarenta veces sin que los rivales puedan ni oler el balón. Ni una goleada sin piedad (el 2-8 del Bayern al Barça en los cuartos de final de la Liga de Campeones en Lisboa, por ejemplo). Ni siquiera los gestitos de Vinícius Jr. a la grada del Camp Nou presumiendo de las quince Copas de Europa del Real Madrid son humillantes. Tirar (y marcar) un penalti a lo Panenka no es humillante para el portero. Tirar (y fallar) un penalti a lo Panenka no es humillante para el delantero. Que un futbolista celebre un gol a su exquipo delante de su exafición no es humillante. Caerse de culo al lanzar un saque de banda no es humillante. Ni que Romario te haga una cola de vaca que será recordada por los siglos de los siglos. Ni marcar un gol en propia puerta. Los "olés" en un estadio jaleando cada pase del equipo local sí son un poquito humillantes. No descontar ni un minuto en un partido con un 8-0 en el marcador no es humillante. Pero no descontar ni un minuto en el partido Barça-Real Madrid que dio el título al Barça sí es humillante. Muy, muy, muy humillante para el Real Madrid. ¿No nos han repetido millones de veces que el Real Madrid nunca se rinde? ¿No nos han convencido de que el Real Madrid es capaz del mayor de los milagros en el momento más inesperado? Con cinco o seis minutos de descuento por delante, ¿el Real Madrid no podría haber intentado marcar tres goles y evitar que su archienemigo celebrara en su cara el título de Liga?
2. El Real Madrid soy yo.
¿De qué habló Florentino Pérez en su rueda de prensa paranoico-crítica del pasado martes? No habló de fútbol, desde luego. Conspiraciones, lista de agravios, eructos de mal perdedor, odio a los mensajeros, amenazas, autobombo con un uso y abuso del "yo" digno de Napoleón o de Ibrahimovic, falacias de todos los colores, machismo cutre, prepotencia al cubo, arrebatos del tipo "usted no sabe con quién está hablando", mesianismo de pacotilla, absolutismo a lo Luis XIV ("el Real Madrid soy yo") y menos autocrítica que Donald Trump en sus displicentes declaraciones apoyado en el quicio de una puerta. Cuando el ser superior convocó una rueda de prensa, algunos pensaron que iba a comunicar su dimisión, otros que anunciaría dos o tres medidas de choque (regreso de Fu-Mourinho, fichaje de todos los futbolistas del PSG o participación del Real Madrid en el Mundial de fútbol en sustitución de la selección de Irán) que hicieran olvidar la desastrosa temporada del Real Madrid, pero los viejos futboleros como yo creímos que Florentino iba a protestar públicamente por el humillante robo de los minutos de descuento en el Barça-Real Madrid. ¿Cuántos títulos habría dejado de ganar el Real Madrid sin los minutos de descuento? El mejor presidente de la historia del Real Madrid no podía permitir que el árbitro obligara al mejor club de la historia a dejar el Camp Nou sin decir ni mu, sin luchar hasta el último minuto del descuento en busca de lo imposible, sin intentar una hazaña a la altura de la leyenda de un club indomable. Pero no. A Florentino no le preocupaba que sus futbolistas casi agradecieran que el árbitro pitara el final del partido en el minuto noventa, ni que los aficionados madridistas respiraran aliviados tras una derrota al menos sin manita, ni que Mbappé se empeñe en actuar como si los partidos del Real Madrid fueran los créditos iniciales de una serie televisiva que se pueden omitir para pasar directamente al Mundial. A Florentino le preocupa Florentino.
3. La religión más aburrida del mundo.
Los futboleros de a pie (nunca mejor dicho) y los futboleros de palco y despacho practicamos una religión parecida, pero no de la misma manera. Escuchando estos días a Florentino y a sus intérpretes, diría que los dirigentes futbolísticos practican la religión romana, y los aficionados somos de religión griega. Como dice Thomas Cahill, autor de la serie "Las bisagras de la historia", los romanos probablemente tuvieron la religión más aburrida de todos los pueblos de la tierra porque la religión romana era básicamente una religión comercial de obligaciones contractuales, mientras que la religión griega desplegaba sus impresionantes mitos en un arte excitante y sugerente. Florentino y compañía prestan mucha atención a los detalles de los rituales futbolísticos públicos transmitidos desde los inicios populares de este deporte, pero en los palcos de los estadios se adora a Júpiter y en la grada se adora a Zeus. Parece lo mismo, pero es diferente. Obligaciones contractuales frente a mitos y arte. Por eso al palco del Bernabéu le parecen una aberración los pitos a Mbappé y Vinícius Jr., incompatibles con la religión comercial del fútbol; y por eso los silbidos desde la grada a Vinícius Jr. y Mbappé, así como la indescifrable sonrisa del futbolista francés y el cabreo permanente del futbolista brasileño, son pura mitología creativa y casi arte. Los que dicen que el fútbol es un deporte aburrido se refieren más bien al fútbol romano, no al griego. A Júpiter, no a Zeus. Que dos de los mejores futbolistas del mundo sean pitados por sus propios aficionados es una blasfemia solo para la aburrida religión romana. Para Júpiter, la salida de Lewandowski del Barça es una cuestión matemática que tiene que ver con la masa salarial, con el "fair play financiero" y con la enigmática regla 1:1. Para Zeus, el adiós a Lewandowsky es el adiós a un mito.
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