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El amigo que jugaba al fútbol

Sobre la retirada de Santi Cazorla

El 1 de mayo escribí en estas páginas que las leyendas nunca dicen adiós. El 2 de julio, Santi me dio la razón y me la quitó al mismo tiempo. Dijo adiós. Pero lo dijo como solo él podía decirlo: sin irse.

Lo anunció con un vídeo. Con un ocho. Su número de siempre, tumbado, convertido en infinito. No hizo falta rueda de prensa, ni comunicado solemne, ni despedida por fascículos. Un ocho. Y una frase que resume una carrera entera: volvió, dijo, no para cerrar nada, sino para volver a sentirlo. Hay futbolistas que necesitan un estadio para explicarse. Santi lo hizo con un símbolo y una idea.

De su carrera se va a escribir mucho estos días. De los 774 partidos, de las dos Eurocopas, del Arsenal, del ascenso. Está bien. Todo eso es verdad y toda esa verdad es enorme. Pero yo no quiero escribir del futbolista. Quiero escribir de la persona. Porque el futbolista lo conoce todo el mundo. A la persona la conocemos menos. Y la persona es todavía mejor.

Lo digo con conocimiento de causa y lo digo con orgullo: Santi es mi amigo. Y cuando uno puede llamar amigo a alguien a quien media Europa admira, aprende una cosa que no se aprende en ningún otro sitio: que la grandeza de verdad no se nota en cómo alguien celebra un gol, sino en cómo trata a la gente cuando no hay cámaras. En cómo saluda. En cómo escucha. En cómo pregunta por los tuyos y se acuerda de la respuesta. Santi nunca necesitó disfrazarse de estrella. Le habría quedado grande el disfraz, porque él siempre fue más grande que el personaje.

En mi teléfono guardo no sé cuántos vídeos de Santi felicitando cumpleaños. Se los he pedido para gente que él no conocía de nada, y jamás me ha dicho que no. Jamás me ha hecho sentir que molestaba. Treinta segundos suyos que para alguien son un tesoro para siempre, y él los regala como quien da los buenos días. Nadie le obliga. Nadie se entera. Lo hace porque es así. Y ese detalle, tan pequeño, explica a Santi mejor que cualquier trofeo de su vitrina.

He visto de cerca lo que costó todo esto. Porque detrás del regreso soñado hubo años que no salen en el vídeo del ocho. Once operaciones. Un tobillo que casi le cuesta la pierna. Médicos que le hablaban de caminar, no de jugar. Y una familia sosteniéndolo todo. Úrsula, sobre todo, caminando a su lado cuando el aplauso quedaba lejísimos. La gente cree que la historia de Santi es la de un talento. No. Es la de un carácter. El talento te lleva al Arsenal. El carácter te levanta de una camilla cuando hasta el destino parece empujarte a rendirte.

Y luego está lo que hizo aquí. Volvió al Oviedo cobrando el mínimo que permite la Liga y cediendo parte de sus ingresos a la cantera. Que se lea despacio. Un jugador que lo ganó todo eligió el contrato más pequeño de su vida para pagar la deuda más grande: la que sentía con una camiseta, con una ciudad y con una afición que lo llevaba dentro desde niño. Vino a competir, a empujar, a liderar desde dentro. Y cumplió. El ascenso a Primera no se entiende sin él. Pero él tampoco se entiende sin el ascenso: necesitaba devolver algo, y lo devolvió con intereses.

Ahora el balón se ha parado. Y yo, que llevaba tiempo temiendo este día, descubro que no estoy triste. Estoy agradecido. Agradecido por haber visto jugar al futbolista, sí. Pero mucho más por haber conocido al hombre. Al cercano, al noble, al que hace mejores a los que tiene al lado sin proponérselo. Eso vale tanto o más que cualquier jugada. Y eso no se retira.

En mayo escribí que las leyendas se quedan. Hoy lo confirmo y lo corrijo: las leyendas se quedan, pero los amigos se quedan todavía más. Santi deja de ser futbolista. No deja de ser Santi. Y mientras haya un niño en el Tartiere preguntando quién era aquel ocho del que su padre habla sonriendo, aquí seguirá.

Porque hay futbolistas que dicen adiós. Y luego está mi amigo Santi, que dibujó un ocho, lo tumbó, y nos dijo que esto no termina.

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