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Marco Aurelio, seleccionador

Imaginemos la terrible escena: final del Mundial, minuto 90, el VAR revisa un penalti dudoso en contra de España y el país entero se convierte en un caldero humeante de histeria. En el banquillo, mientras el segundo entrenador se desgañita y el preparador físico busca un desfibrilador, Luis de la Fuente permanece inmóvil, con la mirada perdida en el horizonte de césped híbrido, repitiéndose mentalmente: "El dolor es solo una opinión".

Que el seleccionador nacional haya citado en alguna ocasión a Marco Aurelio supone un choque cultural de proporciones bíblicas en un mundillo donde abundan el hedonismo y los arranques de materialismo dialéctico. Estamos hablando de meter el estoicismo del siglo III a. C. –la filosofía del desapego, el deber y la aceptación de la muerte– en un ecosistema gobernado por centrocampistas de 20 años que sufren crisis existenciales si el peluquero les deja el degradado asimétrico.

La frase fetiche de Luis de la Fuente, "lo que no es bueno para la colmena no lo es para la abeja", es un dardo envenenado directo al ego del fútbol moderno. Imaginen explicárselo a un extremo empeñado en dibujar tres bicicletas inútiles en el pico del área en lugar de dar el pase de la muerte. "Hijo mío", le diría el míster con voz paternal, "tu regate individualista es una agresión directa al panal; tu actitud egoísta está privando a la colmena de su dulzura".

La gran genialidad de este enfoque se encuentra en la dicotomía del control aplicada al fútbol. El estoico sabe que no puede controlar el viento, la lluvia, los caprichos arbitrarios del colegiado, ni las decisiones delirantes de la sala VOR. ¿Qué queda entonces? El esfuerzo puro, la disciplina táctica y la reacción serena ante la injusticia. Mientras otros equipos se desmoronan culpando al empedrado, la España estoica asume el error arbitral como quien acepta una plaga de langostas en la Roma imperial: con resignación activa y volviendo a defender el córner en comunión, aun a sabiendas de que las deidades tienen nacionalidad argentina desde antes de Maradona.

Al final, puede que el secreto del éxito futbolístico no resida en los mapas de calor ni en la inteligencia de datos, sino en convencer a once millonarios en calzoncillos de que la gloria es efímera, el VAR inevitable y la única victoria real, el dominio sobre uno mismo. Si Marco Aurelio levantara la cabeza, probablemente le pediría a su discípulo De la Fuente la camiseta con el "10".

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