Mauro Guillén (1964), economista nacido en León y formado en la Universidad de Oviedo y hoy catedrático de dirección internacional de Empresas en la de Pensilvania (EE UU), utilizó ayer una metáfora meteorológica para resumir su diagnóstico sobre la revolución tecnológica: "La economía digital no es un tsunami global, sino más bien un tornado".

Guillén, conferenciante en Oviedo por iniciativa la Cátedra Ramón Areces de Distribución Comercial, quiso expresar así que los servicios y hábitos que se están expandiendo con el avance tecnológico (redes sociales, plataformas de economía colaborativa, pago digital...) no lo están haciendo de manera uniforme en todo el mundo, sino con gradaciones y particularidades asociadas a factores culturales, económicos, sociales e incluso políticos. Diferencias que, subrayó, deben tener muy presentes las empresas al desplegar sus estrategias de ventas. La economía digital no es un tsunami que lo inunda todo por igual, sino un tornado que puede tener distinta fuerza según las circunstancias de cada sociedad.

El economista cimentó esa tesis en lo que llamó "misterios" o "paradojas" de la economía digital que ha identificado a partir de sus trabajos. Una de ellas, por ejemplo, se refiere a la diferente propensión en las regiones del mundo a las prácticas de economía colaborativa (plataformas para compartir viviendas, transporte...). Los datos demoscópicos manejados por Mauro Guillén muestran que esa inclinación es mucho menor en las zonas más desarrolladas (Europa y EE UU) que en las emergentes (Asia, América Latina...). "Influye el poder adquisitivo y también la tradición de colaborar y compartir", más presente en esos países con niveles de desarrollo inferiores a las economías de mercado maduras.

"La mayor paradoja de la economía digital es cómo se ha mantenido el libro impreso", expuso también Guillén. Mientras en la música o en las publicaciones periodísticas se imponen con mucha más claridad los formatos digitales, las ventas del libro tradicional incluso ganan mercado respecto a las versiones electrónicas. El investigador lo liga a distintos factores (la diferencias de precio entre formatos, que no son tan grandes como en la música; la utilidad del libro como regalo, el hecho de que el impreso sea más fácil de compartir, incluso el carácter decorativo que pueden tener..), si bien enfatizó otra razón: "Los derechos de autor de los escritores están mucho mejor protegidos que los de los músicos o los periodistas".