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Inquietud en la economía mundial por el ascenso de la desigualdad

Foros y organismos multilaterales expresan su inquietud por la diferencia de rentas y oportunidades, que está profundizando la brecha social y económica

Inquietud en la economía mundial por el ascenso de la desigualdad

Inquietud en la economía mundial por el ascenso de la desigualdad

El Foro Económico Mundial, celebrado hace dos semanas en Davos, volvió a mostrar la inquietud de muchos partícipes (entre los que figuraba lo más granado del capitalismo global) por el ascenso de la desigualdad y el riesgo que entraña para la economía la exclusión y el reparto dispar de la

Inequidad

Inequidad La inequidad hace tiempo que dejó de ser una controversia entre banderías doctrinarias para convertirse en un objeto de análisis transversal, y no sólo por principios morales sino también por su potencial capacidad de dañar al sistema económico, social y político. Todas las mediciones, bien sean con el índice Gini, la curva de Lorenz u otros métodos, señalan una desigualdad creciente en los últimos decenios, con un hito de referencia nada casual en el entorno de 1980, que supuso la entronización de una nueva lógica económica dominante.

Los estudios son coincidentes en que mientras las diferencias de riqueza se han estrechado entre áreas del planeta al socaire de la globalización, en la realidad interna de cada país las divergencias se acrecientan. Y es esta dispersión progresiva de rentas, patrimonios y condiciones de vida las que estarían reflejando un desarrollo desigual y polarizando peligrosamente los colectivos sociales entre ganadores y perdedores en el proceso de mundialización de la economía.

Algunos autores, como Michael Spence, han distinguido entre “desigualdad aceptable” (la que es moderada, y sobre todo fundada en el mérito) y la “inaceptable” y “socialmente corrosiva”, determinada por valores extremos y crecientes, y por condiciones privilegiadas y restrictivas en el acceso al bienestar.

La dinámica observable estaría denotando por consiguiente no sólo una polarización progresiva de las posiciones absolutas y relativas sino además un deterioro de lo que se denominó el “ascensor social” o igualdad de oportunidades, que ha sido un gran mecanismo de cohesión y estabilidad social en los países avanzados, mientras que se advierten, a resultas de la última crisis y de algunas políticas de ajuste adoptadas, un descuelgue de colectivos hacia el peligroso territorio fronterizo con la exclusión, como pusieron de manifiesto esta semana para el caso de España sendos informes de la ONG Save the Children y del relator de la ONU sobre extrema pobreza y derechos humanos, Philip Alston, y que se suman a otros anteriores de Caritas, Oxfam_Intermón y otras organizaciones.

Mesocracia

Mesocracia La desigualdad ya no sólo se estaría agudizando entre los extremos de la escala social (entre los más afortunados y los menos favorecidos), sino que se estaría cebando en las amplias capas intermedias, con una erosión de la llamada clase media, en la que se estaría produciendo por vez primera un adelgazamiento de sus bases y una disgregación y fragmentación, de manera que el gran fenómeno de estabilización social y progreso económico que supuso el ascenso y entronización de la mesocracia en los países ricos tras la II Guerra Mundial estaría por vez primera mostrando síntomas de fatiga y de regresión.

Al extremo de que no sólo se está constatando una pérdida de participación de los salarios en la renta nacional sino que, como apuntan sucesivos estudios de la Organización_Internacional del Trabajo (OIT), la brecha entre las remuneraciones laborales dentro de cada país se está ensanchando: el incremento de los valores absolutos de las rentas del trabajo se está concentrando de manera creciente en las remuneraciones que ya son más elevadas: el 48,9% de la masa salarial mundial beneficia al 10% de los trabajadores del planeta.

La transformación del mundo del trabajo, los procesos de digitalización y automatización, la inevitable fase de terciarización (el peso ascendente del sector servicios) en las antiguas economías industrializadas y no sólo por tanto la globalización -con su consecuente integración de mercados, competencia internacional de la mano de obra, especialización productiva y deslocalizaciones- se apuntan como concausas del fenómeno.

Sin embargo, es abundante la literatura que, frente a esta visión determinista, niega que la desigualdad mórbida o patológica sea un hecho ineluctable, sino el resultado, entre otros factores, de una globalización excesiva (como defiende Dani_Rodrik), mal reglada y gestionada, y basada en modelos que prometieron que la prosperidad de los privilegiados rezumaría desde la cúspide por toda la pirámide social (la “economía del goteo”), así como consecuencia del deterioro de la capacidad negociadora de los trabajadores por la pérdida de implantación de los sindicatos desde los años 70 y del surgimiento de monopolios de facto en actividades en las que el grupo triunfador “se lo lleva todo”.

Impacto económico. Desde hace varios años el FMI_ predica contra la desigualdad elevada en el convencimiento de que no sólo constituye un desafío social sino que también perjudica a la solidez de la economía y su crecimiento.

Este daño a la prosperidad colectiva se produce a través de varios canales. La concentración de riqueza en las capas más adineradas supone desviar recursos desde los segmentos más populares y con mayor propensión a destinar a consumo las ganancias de renta hacia los que, en virtud de su propia opulencia, las dirigen a acumular ahorro y patrimonio. Esta divergencia determina a la larga un debilitamiento de la demanda y de la actividad, y, al tiempo, una sobreabundancia de ahorro que depara dos consecuencias: una caída de los tipos de interés (lo que, entre otras causas, viene ocurriendo no por azar desde que en 1980 comenzó a aumentar la desigualdad) y una revalorización de activos financieros, que es hacia los que afluye el exceso de liquidez en poder de las capas de mayor renta.

Los bajos salarios y la precariedad laboral merman la natalidad y contribuyen -junto con la beneficiosa mejora de la longevidad- a un envejecimiento demográfico que entraña pérdida de dinamismo económico, emprendimiento y potencial de crecimiento.

Este envejecimiento poblacional (que propende al ahorro a medida que se acerca la edad de jubilación) y la baja renta disponible de amplias capas sociales situadas en los niveles bajos de ingreso actúan a su vez como fuerzas deflacionarias, lo que impele a los bancos centrales (atentos al IPC y no a las cotizaciones de los activos financieros e inmobiliarios) a prolongar una política de bajas tasas de interés que, junto con la compra masiva de bonos, daña la remuneración del ahorro modesto y alimenta la escalada en la revalorización de los mercados financieros, todo lo cual redunda en ensanchar aún más la brecha de riqueza y la desigualdad.

Crisis

Crisis En la medida en que los bajos tipos de interés alivian la carga de la deuda de los Gobiernos, estos pueden llevar a efecto rebajas fiscales que, como se ha visto con la de diciembre de 2017 en EE_UU, pueden contribuir a aumentar el déficit público, a beneficiar sobre todo a las rentas altas y a disparar aún más las cotizaciones en_Bolsa cuando las empresas destinan los ahorros tributarios no a invertir en los procesos productivos sino en la recompra de sus propias acciones, ya muy apreciadas por una demanda compulsiva de rentabilidad en un mundo de bajos tipos de interés y fuerte expansión monetaria.

Todo ello acrecienta la desigualdad y pone en riesgo la estabilidad económica y social: existe suficiente experiencia para acreditar -como señala el economista Juan_Torres en uno de sus libros sobre las crisis- que éstas tiender a ser más frecuentes y más graves allí donde sea da una mayor concentración de renta. Como alertaron en 2010 sus colegas Robert Reich y David A. Moss, la Gran_Depresión de 1929 se produjo al año siguiente de que se hubiera alcanzado una de las mayores concentraciones de riqueza de la historia de EE_UU_(en 1928 el 1% más rico del país acumulaba el 23,94% del patrimonio privado nacional) y lo mismo ocurrió en 2008 con el estallido de la Gran_Recesión: en 2007 el 1% más afortunado acaparaba más del 23% de la riqueza total.

Las causas de que esto sea así tienen un nexo común: la debilidad de los tipos de interés (un síntoma del exceso de ahorro en relación a la inversión) alimenta euforias y auges, al igual que la propia concentración de riqueza, porque el excedente de ahorro deriva en un aumento de flujos financieros en busca de activos que rindan alguna rentabilidad, lo que desencadena movimientos alcistas de naturaleza especulativa y revalorizaciones sustentadas en expectativas y “exuberancias irracionales” alejadas de los valores fundamentales.

Esta suerte de “financiarización” de la economía conduce a agravar aún más la inequidad (el economista Mauro Guillén sostiene en su último libro que no fue la globalización comercial sino la financiera la que aumentó las disparidades de renta) y a determinar un espacio de vulnerabilidad que se vuelve insostenible cuando el desacople entre la economía financiera y la real se sobredimensiona y alcanza el punto crítico, que es cuando la “burbuja” llega al clímax y colapsa.

Clase media

Clase media El enriquecimiento de los beneficiarios de la globalización y la depauperación de las capas menos protegidas se suma a un preocupante adelgazamiento de la clase media porque parte de sus integrantes están perdiendo esta condición, dado que -como dice la OCDE- en los últimos 30 años sus rentas medias han crecido menos de un tercio que el del 10% de los hogares más ricos y porque sus estándares de vida se han encarecido más que la inflación general.

La OCDE y el FMI vienen alertando desde hace tiempo sobre las consecuencias de debilitar a una clase que aporta equilibrio entre consumo y ahorro -como dice el FMI- y que actúa de factor estabilizador y moderador. La clase media “sustenta el crecimiento económico” y también “las democracias”, señaló el año pasado la OCDE.El debate sobre los tributos, las rentas básicas y el “capitalismo de las partes interesadas”

Si la distribución de rentas (salariales y empresariales) es muy desequilibrada, la reparación es posible con políticas de predistribución (caso de la determinación del salario mínimo interprofesional o el establecimiento de una renta básica) o de redistribución, mediante el sistema tributario, las transferencias públicas, la cobertura del desempleo y el gasto gubernamental.

Las sucesivas reclamaciones desde 2010 de un colectivo de empresarios y grandes fortunas estadounidenses para que se les grave con más impuestos para aliviar las diferencias extremas de riqueza evidencia la sensibilidad creciente ante un problema que inquieta a analistas y organismos multilaterales por su daño económico y la deserción que puede alimentar en amplias capas sociales desfavorecidas. El FMI abogó en 2017 por promover subidas tributarias a grandes fortunas y una renta básica universal (un debate abierto), la OCDE y la UE siguen sopesando cómo terminar con los paraísos fiscales y la optimización tributaria de las multinacionales (en particular, las tecnológicas), y un movimiento directivo retomó el año pasado en EE UU la vieja propuesta de Klaus Schwab en los años 70 de promover un “capitalismo de las partes interesadas”, de manera que el objetivo societario tenga una dimensión social amplia y no sólo atienda al beneficio, como postuló Milton Friedman en los años 60. Remedando una famosa frase de Derek Curtis Bok sobre la educación, la tesis que subyace plantea que si la igualdad es cara, mucho más lo puede ser la desigualdad.

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