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Así se sale de una quiebra empresarial: “Tuvimos que empezar de menos cero”

Un grupo de empresarios asturianos relata cómo es sobrevivir a un concurso | “No olvidaré el día que dejé atrás las deudas”, aseguran

Por la izquierda, Rafael González, Jorge Álvarez de Linera, Ángel González y Mónica Amago. | Miki López

Por la izquierda, Rafael González, Jorge Álvarez de Linera, Ángel González y Mónica Amago. | Miki López

Un buen día Rafael González, empresario asturiano del sector de las imprentas, se plantó en la oficina de un banco del centro de Oviedo con un papel que le había redactado su abogado, Jorge Álvarez de Linera. “Entré y pregunté por el director y advertí de que hasta que no me atendiera no me iba”, recuerda. Lo consiguió. En el escrito figuraba su número de teléfono y la dirección de su casa. “Le dije que dejaran de llamar a mis padres, lo hacían incluso los fines de semana, los sábados y los domingos por la tarde, les pedí que me llamaran a mí exclusivamente”, explica. La crisis económica le había llevado a acumular muchas deudas y sus acreedores buscaban cada vez más subterfugios para intentar presionarlo para pagar. Aquello funcionó. Las llamadas a sus padres, que, aclara, “nunca habían avalado nada de la empresa”, cesaron. Como también acabaron unos meses después las deudas. La suya, como el resto de historias que se relatan en las siguientes líneas, tuvo un final feliz. La crisis –como la que ahora arrecia– lo ahogó entre recibos y pagarés, pero acabó por resarcirse. Por tener una nueva oportunidad. De las quiebras se sale.

“Era raro el día que no me llegaban correos de algunos clientes diciéndome que no me iban a poder pagar”

Ángel González

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El caso es que Rafael González fue uno de los primeros asturianos que se acogieron a lo que se conoce como “ley de segunda oportunidad”. Un mecanismo jurídico por el que una persona puede librarse de sus deudas siempre que demuestre que actuó de buena fe, que incurrió en esos números rojos por las circunstancias y que había hecho todo lo posible por pagar a sus acreedores. Era el año 2016 y del caso de González no quería hacerse cargo ningún administrador concursal. “El problema era que veían que no había de donde rascar, que no iban a cobrar”, aclara. Pero una vez superado ese mal inicio “todo fue muy rápido”. En cuestión de meses se libró de sus deudas. “Solo el hecho de tener un papel en el que te digan que estás exonerado de las deudas... eso es muy fuerte. Es un momento que no olvidaré en la vida”, dice. Aunque su abogado, Álvarez de Linera, aclara que con ese papel no suele acabar el sufrimiento. “Hasta que no te sacan de los archivos de morosos, nada”, agrega.

Aunque hay veces que sigue habiendo problemas. Ángel González, hermano de Rafael González, es el presidente de la Asociación Nacional de Avalistas y Concursados (ANAC) –que tiene su sede en Oviedo– e intentó un tiempo después de que su concurso de acreedores acabara para abrir una cuenta en un banco. No pudo. Tampoco le dieron más explicaciones. “Luego me enteré de que aún figuro en los registros internos de la entidad, donde se dice que en tal año dejé un dinero a deber como consecuencia de la quiebra de una empresa”, aclara, “y eso es para siempre, no prescribe”.

“Al principio ningún administrador quería hacerse cargo de mi concurso porque veían muy difícil poder cobrar”

Rafael González

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Mónica Amago, empresaria del sector de la construcción, no se ha librado de esas llamadas reclamándole deudas. “Todavía las sigo recibiendo, a veces a altas horas de la noche. Incluso localizan teléfonos de mis hijos, que no tengo ni idea de cómo lo hacen. Reclamando pagos, por ejemplo, de un vehículo del que quedaban 9.000 euros por abonar y que ya se lo llevaron y ya lo vendieron”, asegura. Sus padres fundaron hace cincuenta años en Avilés la empresa Pozo Amago, dedicada a la venta de andamios y maquinaria, pero la crisis de la construcción hizo que el negocio se derrumbara. “Es algo que te marca para toda la vida. Perdimos contratos y nos metieron muchos pufos, por lo que en 2012 nos vimos abocados al cierre y presentamos un concurso de acreedores empresarial y otro familiar”, explica. “Ahora en la asociación, en ANAC, tenemos un lugar donde podemos sentirnos arropados. Donde dejas de sentirte como un ladrón y como la persona más mala del mundo y te das cuenta de que no hiciste nada malo”, añade. Ahora está reconstruyendo el antiguo negocio familiar. “He montado con mi hermano una empresa de montaje de andamios, que es lo que sabemos hacer”, apunta, “hemos empezado desde menos cero”. Lo hizo sin poder optar a financiación alguna. Ángel González agrega que “todos los que estamos aquí caímos y nos volvimos a levantar”. Él mismo lo hizo junto a su hermano, montando otra imprenta. De menor tamaño.

“Nuestra caída fue muy rápida. Entre 2008 y 2010 invertimos dos millones en mejorar la empresa, y en 2012 dimos nuestros mayores beneficios, pero un año después estábamos KO”, recuerda. ¿Cómo pudo ser? La gran recesión de 2008 llegó tarde a la región, pero sus efectos fueron devastadores. “Antes del concurso era raro el día que no tenía algún correo electrónico de algún cliente diciéndome que le venía mal pagarnos. Y eso los que te avisaban. Hubo un gran grupo de Asturias que me encargó unos catálogos y ya no abonaron ni el primer pago”, señala. Y así la bola fue creciendo y creciendo. “Nosotros no pudimos salvarnos porque un banco no quiso firmar el convenio con el resto”, recuerda.

“Esto es algo que te marca para toda la vida, te sientes como un ladrón, aunque en verdad no has hecho nada malo”

Mónica Amago

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José María García Iglesias también pone de relieve el valor de ANAC, casi como terapia de grupo. “Cualquier chaval que empiece en un negocio debería tenernos como referencia”, apunta. García fundó su empresa de suministros industriales en 1998, en Siero, y en junio de 2006 llegó a firmar 72 nóminas, a atender a más de 8.000 clientes y a facturar seis millones. Y quería seguir creciendo. “Me vi engañado por el banco, quería crecer y me metí en una nave de 1,2 millones para ampliar el negocio”, explica. En 2013, cuando la crisis arreciaba, cerró. Un 4 de abril. “Más que buen empresario yo me consideraba buena persona”, apunta, “metí la pata, pero sin mala intención”. Tuvo también una mala experiencia con su administrador concursal. “Teníamos estanterías industriales que valían 1.800 euros y nos las vendió por 85. Y encima tuvo a tres trabajadores durante el concurso empleados y no les pagó la Seguridad Social y ahora me reclaman la deuda a mí”, apunta. Con los bancos no le fue mejor. “Tengo una hipoteca de 175.000 euros para pagar un ‘swap’ (un seguro)”, recalca. Tampoco tiró la toalla. Volvió a empezar con otra empresa de suministros industriales, pero con otro nombre. Ahora, sus hijos han tomado el testigo.

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