SERIE: "EL RELEVO" | Paloma de Blas Diéguez Gerente adjunta de Camilo de Blas

"Nuestro secreto es que los productos no cambien, que al cliente todo le sepa igual que cuando era un niño"

"La pandemia fue un punto de inflexión en nuestro negocio: fuimos pioneros en la venta ‘online’ de pasteles a toda España"

Poloma de Blas, en el establecimiento de la calle Jovellanos de Oviedo.

Poloma de Blas, en el establecimiento de la calle Jovellanos de Oviedo. / Irma Collín

Yago González

Una clienta entra en la tienda original de Camilo de Blas, la misma que lleva desde 1914 en la calle Jovellanos de Oviedo, y pregunta a la dependienta: "¿Tienes consejos?". A lo que la empleada responde: "No, lo siento, se me han acabado, pero ven mañana, que sí tendré". Este breve diálogo no indica que la centenaria confitería se haya transformado en una consulta psicológica. Los "consejos" son un tipo de pastas que allí se despachan, quizá algo menos conocidas que sus celebérrimos "carbayones", los dulces de hojaldre, almendra, yema y azúcar creados en 1924. Porque Camilo de Blas, una de las pastelerías más emblemáticas de Asturias –con dos locales en Oviedo y uno en Gijón–, lleva haciendo lo mismo desde su fundación a finales del siglo XIX: tartas, chocolates, pastas, pasteles, empanadas... Y esa es justo la receta de su éxito, según afirma Paloma de Blas Diéguez (Madrid, 1988), química de formación y miembro de la quinta generación del negocio familiar. "A veces me dicen que no cambiamos nada. Pero es que esa es la clave: que nada cambie. Se mejoran, eso sí, los procesos de confección, pero precisamente para que la sustancia siga siendo la misma. Porque nosotros vivimos de eso: de que la gente se coma un pastel de Camilo de Blas que sepa y huela exactamente igual que el que tomaba cuando era un niño. Nuestro trabajo es crear felicidad y generar recuerdos", explica De Blas a LA NUEVA ESPAÑA dentro de la serie de entrevistas que, bajo el título de "El relevo", presenta cada dos domingos a las nuevas generaciones de las empresas familiares de Asturias.

–Usted estudió Química en Barcelona y no tenía pensado trabajar en la empresa de la familia.

–Sí, lo cierto es que me fui a estudiar a Barcelona sin ninguna idea de volver a Asturias, y mi padre nunca me había presionado en absoluto para entrar en Camilo de Blas. Él siempre dice que las cosas nunca hay que forzarlas y que la vida da muchas vueltas. De hecho, él lo sabe por propia experiencia, porque estudió Medicina y llegó a ser buzo militar antes de coger la pastelería. Así que yo también quise tomar mi camino. Nada más licenciarme, conseguí una beca de investigación en formulación aplicada a dermofarmacia, es decir, cremas para la piel. Me metí en un proyecto muy bonito que ya estaba en su fase final. La investigación me gustó, pero me apetecía probar la empresa, así que hice un máster en cosmética y dermofarmacia. Al terminar, empecé de prácticas en una empresa familiar llamada Lakmé, que estaba en plena expansión. Ahí trabajé cuatro años.

–¿Cómo surgió su retorno a Oviedo?

–En 2016 falleció mi abuela paterna, a la que estaba muy unida, y empecé a venir más a Asturias. En las conversaciones con mi padre yendo o viniendo del aeropuerto hablábamos del negocio, de su continuidad... Él no se ha jubilado y ojalá no lo haga nunca, pero por aquel entonces se acercaba a los 70 años y le estaba dando vueltas a qué sucedería con la empresa. Lo hablaba de manera natural, nada dramática. Así que empecé a plantearme la posibilidad de volver. Yo estaba muy contenta con mi trabajo en Lakmé, pero iba a cumplir 30 años y tuve una de esas "crisis" en las que te planteas qué vas a hacer. Analicé varios factores personales y profesionales y, aunque insisto en que me gustaba mucho mi trabajo, pensaba si quería pasar toda mi vida a mil kilómetros de casa. También pensé en la perspectiva de crear una familia (ahora tengo un niño pequeño) y prefería hacerlo en Asturias. Por otro lado, siempre he sido una persona con iniciativa y me atraía la idea de meterme en un negocio y explorar la faceta emprendedora.

–No obstante, todavía hubo una última prueba para decidirse definitivamente.

–Sí, quise probar en otra empresa para aclararme del todo. Porque, además, mientras aún estaba en Lakmé, me apunté a un curso de repostería en Escribà, una pastelería centenaria de Barcelona. Quería tener claro si la confitería era lo mío, porque a lo mejor resultaba que no me gustaba nada. Pero me encantó. Así que decidí probar en otra empresa del sector dermofarmacéutico para contrastarlo todo y decidir definitivamente qué iba a hacer. Salió una oferta en la multinacional Revlon para un proyecto de un año, y me cogieron. Me gustó mucho, y cuando estaba acabando el proyecto me ofrecieron un contrato indefinido. Yo no me lo esperaba y les planteé mi dilema. Y fue mi jefa la que me animó a venir a Asturias y probar con la empresa familiar ya que, si no salía bien, siempre podía volver a Revlon, porque en una multinacional salen ofertas continuamente. Así que le hice caso y me vine.

–¿Cómo fue el desembarco en Camilo de Blas?

–Hablé con mi padre y decidimos que empezara en el obrador, en el polígono de Silvota (Llanera). Entré allí de ayudante, como una más, empezando a las 5 de la madrugada. Fue una época dura, pero bonita. Aprendí mucho y el equipo me acogió muy bien.

–¿El obrador sigue funcionando del mismo modo que cuando estaba en el local de la calle Jovellanos?

–Cuando lo trasladamos a Silvota en 2010, mucha gente decía que ya no era lo mismo, que se perdía la esencia... Pero, aunque lógicamente se hayan renovado las máquinas, los procesos para hacer los productos son los mismos. Y, sobre todo, la gente es la misma: hay trabajadores que pronto se van a jubilar que han estado toda la vida con nosotros. Camilo de Blas es una empresa familiar tanto en gerencia como en producción. De hecho, ahora mismo estamos en un proceso de relevo generacional.

–¿Tienen problemas para conseguir personal, como sucede en otros sectores?

–Sí. A la gente de mi generación se nos inculcó mucho estudiar carreras universitarias, que está muy bien, pero faltan oficios. Y los oficios son preciosos, permiten aprender mucho y, en muchos casos, tienen muy buenos salarios. El inconveniente, en el caso de nuestro obrador, es que los horarios son complicados: se entra a las 3, 4 o 5 de la madrugada, se trabajan fines de semana... Y hay mucha gente, sobre todo en las nuevas generaciones, que priorizan mucho la calidad de vida y la compatibilidad con la vida personal.

–Trabajó en el obrador hasta 2020, cuando empezó la pandemia. ¿Cómo afectó al negocio?

–En el primer confinamiento, mis padres se quedaron en casa, para mayor seguridad. Así que, únicamente con la experiencia del obrador y sin tener ni idea de gestión, me vi al frente de un negocio que era considerado esencial. Mi padre, que siempre ha sido una persona adelantada, había creado una página web unos años antes. Recuerdo que yo entonces le decía que nadie compraba pasteles por internet. Pero en plena pandemia vimos que esa podía ser nuestra salvación. Así que hablamos con una agencia de comunicación que nos desarrolló en tiempo récord una nueva web y empezamos a vender a nivel nacional con gastos de envío gratis. Fuimos bastante pioneros en esto, muy pocas pastelerías vendían "online" a todo el país, así que empezamos a tener pedidos de todas partes de España. A nivel de negocio y de explorar otras vías de venta, la pandemia fue para nosotros un punto de inflexión muy importante. Ahora mismo, los pedidos por internet representan entre el 4% y el 5% de nuestra facturación. Pasar en cuatro años de no vender nada "online" a esos porcentajes, aunque sean pequeños, es muy positivo.

–Otro de los cambios que usted introdujo fue la transformación del antiguo obrador en una escuela de pastelería.

–Cogí la idea del curso que hice en Barcelona, que se dirigía a "amateurs", personas a las que les gusta la pastelería pero no tienen experiencia. El antiguo obrador de la calle Jovellanos –que, en origen, era la casa familiar de los De Blas– era un almacén lleno de cosas. Así que le propuse a mi padre ubicar un horno y montar una escuela de pastelería en la que dieran clase profesionales del obrador, algunos de ellos con premios nacionales muy importantes. Son clases de unas 4 o 5 horas, los sábados por la mañana. Además, también hacemos cursos para empresas.

–¿Cómo lidian con el encarecimiento de materias primas?

–Pues asumiendo los márgenes, porque no podemos repercutirlo todo al cliente. Por ejemplo, el aceite de oliva ha subido un 70%, y las "casadiellas", que las freímos todos los días en aceite virgen extra, sólo las hemos subido diez céntimos.

–¿Se han desequilibrado mucho las cuentas?

–Nuestras cuentas van bien, pero los márgenes se han reducido mucho. Para compensar eso hay que aumentar el volumen de ventas, y para conseguir eso necesitamos más personal. Y en la formación de ese personal la empresa invierte un período de varios años.

–¿Cuál es la receta para conservar una marca centenaria como Camilo de Blas?

–Hay que tener claro que la pastelería es un arte. Es cierto que lo más complejo son los procesos, y en esto mi formación como química me ha ayudado mucho, porque la formulación de una crema dermatológica es muy simular a la de una crema pastelera. Ambas son emulsiones. Pero la clave es saber cómo hacer ese proceso. Por ejemplo, a mí no me importa nada que la receta del "carbayón" sea pública, porque nadie sabe hacerlo como nosotros. Sólo nosotros sabemos cómo se hace el original.

El palentino que abrió una confitería en León que "exportó" a Asturias

El industrial y comerciante Camilo de Blas Heras (1849-1931), nacido en Palenzuela (Palencia), abrió su primera confitería en 1876 en la plaza Carnicerías (hoy plaza San Martín) de León, trasladándose al año siguiente a la actual calle Ancha. "Creemos que hubo una anterior generación con una fábrica de chocolates en Aranda de Duero (Burgos), pero nunca se ha sabido con exactitud", explica su tataranieta Paloma de Blas. Desde el principio, el negocio de Don Camilo se centró en confitería, "delicatessen" y productos gourmet. Su éxito le llevó a abrir tiendas en Asturias de la mano de dos de sus hijos: José lo hizo en 1914 en Oviedo (en el mismo local de la calle Jovellanos que continúa hoy) y Julián en 1915 en Gijón (que finalmente cerró, aunque la cuarta generación abrió local en la ciudad en 2016). El padre de Paloma, José Juan de Blas Nut (Oviedo, 1950), segundo de cuatro hermanos –los otros son Camilo, Eduardo y Víctor–, sigue al frente del negocio.

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