“Qué guapo eres”, “Eres muy listo” “Mi niño, eres el mejor” “Va a ser muy grande cuando crezca” “Uy, este niño es muy tímido” “Qué miedoso es” “Vaya desorden montas, cuando crezcas vas a seguir igual”.

Todas estas expresiones son etiquetas que vamos poniendo a nuestros hijos e hijas. Etiquetas que les vamos poniendo desde que son pequeños en la mayoría de las ocasiones sin caer en la cuenta. Y es que no somos conscientes de los adjetivos que usamos en nuestros hijos o no nos hemos parado a pensar en la repercusión que pueden tener en su desarrollo.

Begoña Ibarrola, psicóloga y experta miembro de la Comunidad Educar es Todo señala que los niños y niñas absorben todas las etiquetas que les decimos y que es a partir de los seis años cuando ellos pueden interpretar su realidad y sacar conclusiones de lo que les decimos. “La autoestima se empieza a construir a partir de los 6 años. Hasta entonces, voy sumando todo lo que los adultos hablan de mí (eres un patoso, eres tal… ese soy yo)”, cuenta Ibarrola.

José Ramón Gamo, especialista en neuropsicología infantil explica que los niños se acaban “creyendo estas etiquetas y hacen de ellas su papel y su rol”, es decir, que acabarán actuando según la etiqueta que les pongamos. La imagen que exportamos a nuestros hijos e hijas respecto de lo que pensamos de ello va a afectar a su autoestima y personalidad.

El efecto Pigmalión y las expectativas en los niños

Podríamos definir al denominado El efecto Pigmalión como la influencia que una persona ejerce sobre otra. En este caso, se trataría de la influencia que ejercen los adultos sobre los niños y niñas en su desarrollo. El nombre proviene de un experimento que se realizó en un instituto de California en los años 60, que consistió en repartir un test de inteligencia a más de 300 alumnos. Los resultados mostraron que casi todos los alumnos tenían más o menos la misma inteligencia. Pero escogieron a un grupo de alumnos al azar y realizaron unos informes falsos para los profesores indicando la enorme inteligencia de esos alumnos y lo mucho que podían esperar de ellos. Por ese motivo, los profesores inconscientemente empezaron a dar feedback positivo a los niños, les animaron más y les trataron de manera diferente atendiendo más sus necesidades que a las de los demás. Cuando se repitió a final de curso la prueba de inteligencia, los niños a los que se les había animado y habían tenido un trato especial habían incremento mucho su nivel de inteligencia frente al resto.

Este experimento demuestra que las expectativas y las etiquetas que ponemos a nuestros hijos e hijas afectan de una gran manera a su autoestima. Y es que con ellas, incitamos a actuar a los niños de la manera que nosotros les atribuimos: si les decimos que son vagos, se lo acabarán creyendo y actuando de esa manera; pero también si les decimos que son listos, pueden caer en su propia trampa y no esforzarse.

Cómo afectan las etiquetas positivas en los niños

José Ramón Gamo explica en esta ponencia cómo señalar lo listo que es a un niño o niña desde que es pequeño hace que se crea esa etiqueta, de manera que cuando venga algo más complicado, confiará en esa etiqueta y en la de veces que le ha dicho lo listo que es y no se esforzará. “Cuando le decís a los niños y atribuís los éxitos de sus logros a lo listos que son. Resulta que cuando estos niños llegan a la etapa adulta y se tienen que enfrentar a un problema que puede ser complejo la tendencia de los niños que han alimentado su ego a lo listos que son, es a no afrontar el problema. Y si se ven obligados a afrontar el problema porque no les queda otra, en el momento que hay dificultades o fracasan, su nivel de resiliencia es mínimo”.

Sin embargo, cuando hacemos las atribuciones no por lo listos que son, sino por el esfuerzo y el compromiso que han hecho, cuando tienen que afrontar un problema “la tendencia es de no achicarse. Y si empiezan a fracasar o tener dificultad, son tremendamente resilientes”.

Califica el comportamiento del niño, no al niño en sí

Todas las etiquetas que ponemos a los niños calan en su autoestima. Solemos decir “¡Qué malo eres!” cuando un niño tiene un mal comportamiento. Para no caer en estas etiquetas, lo que podemos hacer es señalarles que ese comportamiento que han hecho está mal, pero no calificar al niño como “malo”.

Del mismo modo, como explicaba Gamo, podemos alentar a los niños y niñas a que se sigan esforzando sin usar etiquetas como listo o inteligente.