Opinión
Corre, corre, que te pillo
Vivimos en la era de la inmediatez: respuestas instantáneas, gratificación inmediata, decisiones rápidas. La espera se ha convertido en una molestia y el tiempo, en un obstáculo que hay que eliminar.
La inmediatez nace de la promesa de eficiencia. La tecnología ha sido su gran aliada, permitiéndonos acceder a información, personas y experiencias con un solo gesto. Sin embargo, esta aceleración constante no es neutra: distorsiona nuestra manera de pensar, de sentir y de relacionarnos. Es sentir que detenerse equivale a perder. Uno de sus efectos más visibles es la pérdida de la tolerancia a la espera. Cualquier demora se vive como un fracaso, lo que genera ansiedad, impaciencia y una relación cada vez más tensa con el tiempo. Perdemos la paciencia por todo: ¿Pero qué cola es esta? ¿No va a venir otra cajera?
En el plano emocional, la inmediatez también deja huella. Se espera respuesta rápida y alivio instantáneo del malestar. El deseo se vuelve impaciente y el vacío, intolerable. Pero muchas experiencias humanas, el duelo, el amor, el crecimiento personal, no admiten atajos; aun así, a menudo intentamos ponerles parches.
En este ritmo, siempre se está llegando a algo: al próximo objetivo, al siguiente plan, a una versión futura de uno mismo. Y, por desgracia, el sistema no ayuda: nos sacan los turrones en septiembre, cuando aún no hemos terminado el verano.
La prisa no es solo una actitud personal; también está inscrita en el espacio. Las ciudades funcionan a base de horarios rígidos y sincronizados: entradas, salidas, picos de productividad, horas punta. Millones de cuerpos moviéndose al mismo tiempo, hacia los mismos lugares, con la misma urgencia.
Dependemos del reloj: cuándo despertarse, cuándo producir, cuándo desplazarse, cuándo descansar. Tráfico, calles saturadas, rostros tensos. Todo el mundo llega tarde a algo o sale agotado de otra cosa.
Vivir rápido deja de ser una elección y se vuelve una imposición estructural. La lentitud se penaliza. Y lo peor: al acabar el día, siempre parece que faltan horas y tareas por realizar.
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