Opinión
Antivalores
Me he solidarizado toda la infancia y juventud deportiva de mis hijos con cada árbitro de cada partido. Aquellos sacrificados seres que corrían a tiempo completo, imperturbables bajo un fuego cruzado de improperios. Les consideraba el símbolo del amor al deporte hasta la inmolación y los garantes últimos de sus valores. Así que el caso del colegiado asturiano acusado de violar a una prostituta en Gijón haciéndose pasar por policía para someterla por su condición de inmigrante, es uno de esos despertares dolorosos a la cruda realidad de las cosas: la miseria humana en general y la violencia contra la mujer en particular, son transversales.
De confirmarse las sospechas, parece claro que en el mapa mental de este joven conviven presuntamente y sin que la mezcla le haga estallar la cabeza, la imparcialidad, integridad y sentido de la justicia que supuestamente practica en el terreno de juego, con la cosificación de las personas y la autolegitimación para violentarlas aprovechando su desamparo, convertidas en seres de usar y tirar. Esto último, en los ratos libres. Nada nuevo bajo el sol, sencillamente una versión más del triste canon.
Si efectivamente en su casa disponía de más vestuario y atrezo para sus noches de policía de pega, podría inferirse que hay más víctimas. No es difícil suponerlo, más lo será concretarlo. Del total de las 1.100 prostitutas que se calcula existen en Asturias, su mayoría, unas 750, son de origen latino y, como inmigrantes, más vulnerables dentro del pozo de vulnerabilidad que es la explotación sexual. Son datos del informe "Prostitución, explotación sexual y trata en Asturias" presentado el año pasado por el gobierno autonómico tras encargar su elaboración a la Universidad de Oviedo, en colaboración, entre otros, con el Instituto de la Mujer y Médicos del Mundo.
Precisamente esta última oenegé, junto con la Dirección General de Igualdad, organizó meses atrás la llamativa campaña "Putero´s Academy", que nos mantuvo en suspense varios días hasta que se desveló la ironía implícita con mensaje: el putero no nace, se hace. Siguiendo esta premisa y suponiendo que la denuncia y las sospechas que recaen sobre el árbitro asturiano se materialicen, el recorrido iría de la llana normalidad a la normalidad del putero y de ésta a la de un extorsionador y violador. La degradación es una espiral de antivalores devorando víctimas. Una se atreve a denunciar y otras anónimas pueden presuponerse.
Fíjense que abundan estos días titulares con nombres propios de quienes trataron con Jeffrey Epstein, condenado por trata y explotación sexual de menores en su isla privada. Ha habido peticiones públicas de disculpas y hasta dimisiones por figurar en la vastísima red. Pero echo en falta investigación e idéntico despliegue mediático para identificar, dignificar y reparar públicamente a la también vasta red de víctimas de semejantes antivalores compartidos.
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