Opinión
Salmones contra corriente
En más de una ocasión ya he dicho en este foro que una de las labores que más gratificantes me resultan como docente universitaria es visitar al alumnado durante sus prácticas en los centros educativos. Ya he comenzado a hacer esas visitas y cada vez que acabo salgo con una mezcla de satisfacción, esperanza y alegría porque la verdad es que suelo tener el privilegio de ver a un futuro profesorado con muchas ganas de llegar a las aulas y enseñar y aprender, y a unos tutores y tutoras en los colegios y en los institutos con verdadero compromiso por contribuir a la formación de quienes estarán en las aulas el día del mañana.
He querido comenzar con esta especie de introducción porque creo que, de nuevo, debemos reivindicar la figura docente. En estos tiempos nuestros donde abunda el descrédito, el insulto, la mentira (o las verdades a medias que, para el caso, son lo mismo), la falta de información y la manipulación; la enseñanza y, en consecuencia, quienes la llevan a cabo, debe pasar a ser uno de los pilares más fuertes de nuestra sociedad y, por lo tanto, se la debe considerar prioritaria y esencial.
En medio de este panorama, gran parte de nuestro profesorado se siente como salmones nadando contracorriente tratando de remontar un río plagado de cascadas y obstáculos y esto, en muchas ocasiones, resulta agotador. Creo que la insistencia y el seguir nadando viene de una profunda vocación y de una firme creencia de que educar hace que las personas tengan más capacidad de crítica (por lo tanto, mejor criterio) y sean más libres para pensar, escoger y, en definitiva, vivir en sociedad.
Marina Subirats, José Antonio Marina o Francesco Tonucci, entre otros, defienden la idea de que educar es un acto comunitario, "de toda la tribu". Más allá de todas las implicaciones que tiene esa frase (que, sin duda, son muchas), les invito a hacer una lectura de la misma que vaya un poco más allá y que reconozca que, como conjunto, debemos valorar a nuestro profesorado que es quien se ocupa durante tantas horas, meses y años de formar a nuestros niños, niñas, adolescentes y jóvenes. Ser docente de la etapa que sea, debería ser un orgullo no solo para quienes ejercemos esta profesión sino también para nuestra sociedad porque recuerden ustedes la famosa máxima de Freire: «La educación no cambia al mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo». Gracias a quienes lo hacen posible.
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