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Metamorfosis

Tres vidas, un veterinario y la lección de humanidad

El pasado jueves, día 12, como suelo hacer cada mañana, me senté a leer LA NUEVA ESPAÑA. Unos días lo hago con una sidra; otros, con un ribeiro, para cumplir con el dicho de que asturianos y gallegos somos primos hermanos. Aunque nunca tuve muy claro quién es el primo y quién el hermano. la alternancia la respeto.

Entre sus páginas encontré una columna que me hizo detenerme. Antes de entrar en ella, necesito volver atrás. Tuve tres perros. Dos por empeño propio, cuando uno es guaje y decide que quiere un perrín, aunque en casa no lo vean del todo claro. Me lo permitieron. Eran callejeros, ratoneros, y los dos se llamaron "Boi". Hoy, con 73 años, todavía pronuncio ese nombre y regreso a la calle María Josefa, en el Llano del Medio, a aquellas casas de planta baja y patios donde los roedores proliferaban en aquellos tiempos. Mis "Boi" prestaron sus servicios y libraron a muchos vecinos de aquellos visitantes indeseados de los patios.

El tercero llegó años después, de la mano de mi maravillosa hija Ana, a quien pusimos por nombre "Covi". Me resistí al principio, no por el animal, sino por lo que inevitablemente llega después. Pero perdí la resistencia y "Covi" se quedó en casa hasta el final.

El motivo de estas líneas tiene nombre y firma: Carlos Iglesias Pedemonte, en su columna "Cuando dejé descansar a ‘Bruno’". Un texto precioso y emotivo, de los que te hacen detenerte y pensar. Contaba lo que le costó asumir el acto de ayudar a "Bruno" a descansar, a petición de sus dueños, para aliviar su sufrimiento. Lo que pesa ese momento en la mano del veterinario. Lo que supone para quienes aman al animal. Ese instante en el que se concede lo que llamamos el descanso eterno.

Y es ahí donde a uno se le despierta la reflexión. Con los animales entendemos que evitar el sufrimiento es un acto de humanidad y lo aceptamos cuando no hay otra salida. Pero cuando quien sufre es una persona, la palabra humanidad parece volverse más incómoda. Yo, Pepín, pediría a Kafka que en su libro "Metamorfosis" me convirtiera no en un insecto, sino en ese "Boi" que tuve en mi infancia, en aquel perrín que corría por los patios del Llano del Medio. Y así, llegado el momento, encontrar un veterinario tan humano que me deje descansar, como hizo con "Bruno".

Quizá esa sería la metamorfosis más sensata: sufrir menos, con un poco de memoria, algo de humor y el corazón en su sitio.

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