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El sorteo

Llegan antes de que abran.

No porque sirva de mucho, pero llegar pronto da la sensación de hacer algo. Se apoyan en la pared, consultan el móvil. Algunos han venido solos. Otros, en pareja. Hay quien lleva días repitiendo el mismo gesto: mirar, esperar y marcharse.

A las diez aparece la lista. Se forma un pequeño corrillo. Nadie empuja. Cada uno busca su nombre en silencio, con una mezcla extraña de esperanza y prevención, como quien ya conoce el desenlace.

Unos pocos lo encuentran. Respiran. El resto aparta la mirada, da un paso atrás y se van. Mañana volverán.

Podría parecer una escena inventada. Pero basta con mirar lo que ocurre en ciudades como Gijón para comprobar que la metáfora se queda corta. Decenas de personas interesándose por una misma vivienda. Cincuenta solicitudes para un solo piso. No es una excepción: empieza a ser la norma. Y cuando eso ocurre, el acceso deja de ser una elección. Se convierte en un filtro.

Durante años dimos por hecho que encontrar vivienda formaba parte de un recorrido previsible: estudiar, trabajar, independizarse, empezar un proyecto de vida. No era fácil, pero era posible. Hoy ese recorrido es intransitable.

Cuando durante años no se construye suficiente vivienda, cuando parte de la existente se destina a usos más rentables y cuando las políticas públicas no logran corregir ese desequilibrio, el resultado deja de depender de lo que uno haga. Depende, cada vez más, de si consigue estar entre los pocos que acceden. El resto espera.

En España, pagar el alquiler supone ya, en muchos casos, más de un tercio de los ingresos. En otros, la mitad. Eso obliga a ajustar, a renunciar, a aplazar decisiones. Pero incluso para quienes pueden asumir ese esfuerzo, el problema ya no es solo cuánto cuesta, sino si hay algo a lo que acceder.

Y cuando el acceso depende de quedar entre los pocos elegidos, el derecho empieza a parecerse demasiado a un privilegio.

El debate, sin embargo, suele desplazarse hacia otro lugar. Se nos invita a elegir entre el derecho de unos a disponer de su vivienda y el de otros a encontrar una, como si fueran fuerzas enfrentadas. Pero ese marco no resuelve nada: solo sirve para aceptar como inevitable una escasez que tiene causas concretas.

Mientras tanto, la escena se repite. Jóvenes que no pueden emanciparse. Familias que ajustan cada mes. Trabajadores que encadenan mudanzas. Historias que no aparecen en la lista.

Y, sin embargo, todo sigue. Las viviendas se alquilan. Los contratos se firman. El mercado se mueve. Como si bastara con que alguien entre para dar por bueno el sistema, aunque deje a decenas fuera.

Quizá lo más inquietante no sea la escena. Quizá sea la naturalidad con la que empezamos a asumirlo. Y lo poco que parece importarnos. O importarles.

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