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Edadismo, definición y condición de serlo

Días atrás la Federación de Asociaciones Vecinales amenazaba con dirigirse al Defensor del Pueblo por las trabas a los mayores de 70 años para hacer pilates y yoga en dependencias bajo control municipal. Si la FAV está dispuesta a ir adelante es que ha considerado que el tema es más profundo que el simple “desmentido” del concejal y de las contraindicaciones que el Patronato indicaba en pilates por “motivos de salud”. No sé qué arteria sanguínea se le ha abierto al Patronato y al concejal de Deportes para crear una polémica sin sentido que al final crea la duda de si estaríamos ante una clara discriminación por razón de edad.

Desconozco los “motivos de salud” de los que tira el Patronato como justificación para poner fin o, en cuarentena, la actividad física de los mayores de 70 años. Siempre creí que era meritorio para la salud la práctica del movimiento físico y mental en el contexto del ejercicio.  

Este supuesto arrebato antisocial propio de una mala praxis política hacia la tercera edad por cuestión de envejecimiento bien pudiera ligarse al edadismo cómo definición. Este trato discriminatorio por edad sería suma y sigue de otros anteriores. Años atrás el ataque al colectivo de las personas mayores fue persistente a consecuencia de las medidas que los bancos dispusieron para limitarles horario y acceso a oficinas presenciales empujándolos hacia una digitalización que los cogió por sorpresa y faltos de formación.

Aparte de la torpeza política y social que pueda originar la polémica en sí, considero indispensable abordar el edadismo como fenómeno de definición propia y su condición de serlo. El término edadismo fue acuñado en 1968 por el psiquiatra norteamericano Robert Butler para definir la discriminación por edad y fue avalado por la OMS. El edadismo es una forma de etiquetar a las personas por su edad. Se da en todas partes y en todo momento y lugar en formato excluyente y marginal como el que ocupa.

Alejando a las personas mayores del ejercicio cotidiano se le arrastra a la desesperación al cerrarles la opción de sentirse felices compartiendo espacios de terapia ocupacional cuyo objetivo es participar y desarrollar actividades en función de sus condiciones físicas o psíquicas. Ante actitudes de esta naturaleza solo cabe deducir que quienes las toman son incapaces de meterse en la piel de la gente mayor agraviada. No se dan cuenta de que son personas que no merecen ser castigadas en sus sentimientos pues lo único que persiguen es disfrutar de la vida sin importarles la edad. Condenar a este colectivo social e indefenso también es maltrato.

Es triste comprobar como los valiosos recursos sociales son desperdiciados o -tienden a serlo- constantemente en nombre de otro tipo de justificaciones que de momento no se explican con objetividad municipal. También provoca tristeza ver como los valores sociales que se esgrimen desde la municipalidad son de moralidad artificial.  Es espeluznante observar que la política partidariamente subjetiva niegue el acceso a las estructuras sociales y deportivas, supuestamente al alcance de todos, hiriendo y anulando el cultivo de la mente debido a la edad.  

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