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La pasión de Gijón

Hay relatos que, más allá de lo religioso, forman parte de un imaginario compartido. La pasión de Cristo es uno de ellos: un camino de dolor, incomprensión y sacrificio que, sin embargo, desemboca en algo más grande. No es solo una historia de sufrimiento, sino de sentido.

Estos días, mientras las calles se llenan de procesiones, uno no puede evitar pensar que también nuestras ciudades atraviesan sus propias pasiones. Y Gijón no es una excepción.

La suya no se vive entre túnicas y pasos, sino en escenas cotidianas. Está en quienes esperan para acceder a una vivienda. En debates sobre movilidad que no terminan de resolverse, entre viales quiméricos y camiones eternos. En la sensación, cada vez más extendida, de que los problemas se cronifican mientras las soluciones se aplazan.

Nuestra particular pasión comienza, como tantas otras, con la negación. Durante años hemos preferido pensar que algunas tensiones eran pasajeras. Que el acceso a la vivienda se regularía solo. Que el modelo urbano encontraría su equilibrio sin incomodar a nadie.

Pero llega un momento en todo relato en el que la realidad irrumpe con fuerza. Y entonces ya no es posible mirar hacia otro lado.

Segunda estación: la incomodidad. Afrontar los problemas exige tomar decisiones. Y decidir implica asumir costes. Regular, ordenar, priorizar son verbos que generan resistencias. Siempre hay alguien que se siente perjudicado.

Ahí aparece la tentación de la inacción: esa ideología silenciosa que defiende que es mejor no hacer demasiado que equivocarse. Que es preferible sostener lo conocido, aunque sea injusto, antes que arriesgarse a cambiarlo.

Pero no hacer también es elegir. Y sus consecuencias están a la vista.

Tercera estación: el desgaste. Cuando los problemas se alargan, la frustración se instala. Se normaliza lo que no debería ser normal. Se acepta como inevitable lo que es resultado de decisiones. Y se erosiona la confianza en que las cosas puedan mejorar.

Sin embargo, la pasión no termina en el sufrimiento. El sentido aparece cuando hay propósito. Cuando el sacrificio no es estéril. Cuando hay voluntad de transformación.

Y ahí es donde Gijón necesita dar un paso adelante.

Porque superar sus retos —la vivienda, la movilidad, el modelo de ciudad— no será cómodo. Exigirá valentía política y madurez colectiva. Implicará asumir que no todas las decisiones gustarán. Que habrá tensiones y críticas. Pero también que hay algo en juego que merece la pena.

Frente a la resignación, hace falta convicción. Frente a la inercia, determinación. Frente al miedo a incomodar, la responsabilidad de construir una ciudad más justa, habitable y preparada para el futuro.

Toda pasión implica atravesar momentos difíciles. La cuestión es si ese camino tiene un sentido. Gijón está a tiempo de que el suyo lo tenga.

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