Opinión

Directora del Centro Integrado de FP de Comunicación, Imagen y Sonido de Langreo
Fianza por comanda
Tal vez me esté resistiendo inútilmente a la evolución natural del mundo, pero no me veo adelantando mi tarjeta bancaria para reservar una mesa en mi ciudad, de la misma forma que no están en mi circuito las sidrerías en las que no se escancia o los restaurantes que obligan a dos turnos y terminas comiendo a destiempo y con la cuenta pisándote los talones.
Acabamos de saber que la patronal asturiana de hostelería y turismo, Otea, ve con buenos ojos la práctica de exigir un número de tarjeta para reservar mesa, con el fin de evitar el “no show”, es decir, la incomparecencia sin previo aviso. Una demostración de incivismo rampante que afecta en nuestro país a cerca del 4% de las reservas, que afortunadamente va en descenso, pero que, en ciertos casos, como las mesas para grupos, hace un siete de complicada recuperación.
La Unión de Consumidores de Asturias, UCE, no es partidaria de la medida, que considera punitiva e incluso duda de su legalidad. A mí simplemente me parece que es hacer cambiar de bando un imprescindible acto de fe en la relación entre establecimiento y clientela. Ya no será el negocio el que confíe en su cliente sino a la inversa. Seremos nosotros los que habremos de chequear nuestra cuenta y comprobar que está libre de cargos de tarjeta que no corresponden. Por error, malentendido o mala praxis. Seguro que ya hay un anglicismo para nombrar ese tipo de susto en el catálogo de los posibles en la banca online.
Se me ocurren muchos ejemplos de profesionales o servicios a los que se acude con cita y para los que la incomparecencia significa una pérdida de ingresos porque esa ventana de trabajo queda en blanco: fisioterapia, dentista, peluquería, taller de coches... No puedo imaginarme que el ejemplo cunda, se extienda a otros sectores y haya que ir facilitando el número de tarjeta por adelantado allá donde se pida turno. Una especie de responsabilidad colectiva por la cuota de necedad en la población.
En suma, creo que, salvo excepciones puntuales, como reservas para grandes celebraciones, el fin no justifica la generalización y estandarización de este medio. Siento que, a la postre, aprieta en el último eslabón de la cadena, el más débil, el consumidor. Que acaba teniendo que entrar por el aro con más resignación que convicción. Salvo que se pueda escoger.
Yo quiero pensar que la práctica no se extenderá entre los establecimientos de nuestras pacíficas latitudes. No, al menos, en los que están en mi lista personal de lugares donde disfruto del buen cocinar, servir y tratar.
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