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Barones ladrones

A fines del siglo XIX y principios del XX, Estados Unidos se convirtió en el primer productor mundial de acero, carbón, trigo o algodón. Si algo caracterizó a la llamada época dorada fue la aparición de fortunas como las de John D. Rockefeller, Andrew Carnegie o J. P. Morgan. El 10% más rico de aquella edad dorada poseía el 70% de todas las propiedades del país. Su presencia dominante en la sociedad estadounidense causó una conmoción parecida a la que causan ahora Elon Musk, Jeff Bezos o Mark Zuckerberg. Se los llamó durante mucho tiempo “barones ladrones”. Y, ciertamente, existen coincidencias entre ambos grupos de superricos, pese a la distancia temporal: su lucha permanente por no pagar impuestos y por evitar cualquier tipo de regulación de sus negocios. Frente al primero de los grupos señalados, se alzó la voz del presidente demócrata Franklin D. Roosvelt, quien alertó de que tales potentados habían alcanzado demasiado poder y podrían provocar enormes crisis económicas. No se trataba de un problema de libre empresa, sino de privilegios abusivos generadores de inasumibles desigualdades y constantes injusticias sociales. El historiador T. J. Stiles decía que la expresión “barones ladrones” evocaba visiones de monopolios titánicos que aplastaron a competidores, amañaron mercados y corrompieron gobiernos. Otro historiador, Hal Bridges, dijo que el término representaba la idea de que los líderes empresariales de Estados Unidos en 1900 eran “un conjunto de avaros sinvergüenzas que habitualmente engañaban y robaban a inversores y consumidores, corrompían al Gobierno, luchaban despiadadamente entre ellos y, en general, llevaban a cabo actividades predatorias comparables a las de los barones ladrones de la Europa medieval”. Actualmente, las siete empresas punteras del mercado tecnológico, a saber: Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta, Nvidia y Tesla, representan tal concentración de riqueza y operan con métodos de actuación que superan en mucho a aquellos predecesores en la economía de Estados Unidos. La capitalización conjunta de dichos emporios rebasa los 20 billones de dólares. El senador demócrata Berni Sanders escribe, al respecto, lo siguiente: “Creemos en este país, nos encanta este país y nos condenaremos si dejamos que un puñado de barones ladrones controlen el futuro de este país”. Todo eso y algo más lo cuenta con admirable brillantez y notoria contundencia Soledad Gallego-Díaz, decana del periodismo español, en un artículo reciente. Me tomé la licencia de recrearlo a capricho por su desoladora actualidad e interés divulgativo. He aquí su demoledora frase por remate: “Las prácticas comerciales y el poder político de los multimillonarios de Silicon Valley han llevado, con mucha razón, a su identificación con los anteriores barones ladrones. Repitamos, barones ladrones”.

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