Opinión
Madres
Hay cosas que no salen en las fotos de una ciudad, pero la sostienen. Gijón es una de ellas. Y, si uno se detiene a mirar, descubre que gran parte de lo que somos se apoya en una red silenciosa: la de nuestras madres.
Siempre corriendo de un lado para otro, mirando el reloj en la puerta del colegio o contestando una llamada mientras hacen la compra. En las mañanas apresuradas, en las tardes de espera, en los trabajos que empiezan antes de tiempo y terminan después de hora. En las conversaciones que ordenan, calman o empujan cuando hace falta. La ciudad también se construye así: desde esos pequeños gestos que nadie ve.
Pero no puedo dejar de pensar en algo: no debería ser así. O, al menos, no solo así. Hemos convertido ese esfuerzo en algo natural. Hemos asumido que cuidar, sostener y estar es, casi por definición, cosa de ellas. Y al hacerlo, hemos levantado un reconocimiento que a veces es también una trampa: la de admirar sin cuestionar. Desde el amor, pero también desde la comodidad.
Porque detrás de cada madre que llega a todo hay, muchas veces, una exigencia desmedida. Detrás de cada gesto invisible, una renuncia que nadie pidió pero que parecía inevitable. Y detrás de esa capacidad para sostenerlo todo, una sociedad que se apoya más de la cuenta en quienes siempre responden.
Cada madre tiene su historia. Algunas nacieron aquí y han visto cambiar la ciudad calle a calle. Otras llegaron de fuera y la hicieron suya. Las hay que crían solas, las que comparten, las que cuidan a niños, niñas o mayores. No hay un único modelo, pero sí algo que se repite constantemente: se espera mucho de ellas. Demasiado.
Pienso en la mía.
En todo lo que hizo sin ruido. En lo que sostuvo sin que nadie lo notara. En cómo convirtió lo difícil —que no ha sido poco— en algo más llevadero. Y, precisamente por eso, también en todo lo que no debería haber recaído solo sobre ella. No tuvo alternativa: le tocó remar sola.
Siempre damos muchas cosas por hechas. Parecen formar parte del proceso. Pero llega un momento en que entender ya no es suficiente. Hay que revisar. Porque reconocer no puede ser solo agradecer. Tiene que ser también cambiar. Cambiar la forma en la que repartimos los cuidados. La manera en la que entendemos la responsabilidad. Las expectativas que colocamos —casi sin darnos cuenta— sobre la vida de las mujeres.
Gijón no sería lo que es sin sus madres. Pero tampoco debería seguir siéndolo a costa de ellas. Quizá el verdadero homenaje no esté solo en decir “gracias”, sino en construir una ciudad donde cuidar no sea un destino asignado, sino una responsabilidad compartida.
Ahí sí. Ahí empezaremos a estar a la altura.
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