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Opinión

Maribel Lugilde

Maribel Lugilde

Directora del Centro Integrado de FP de Comunicación, Imagen y Sonido de Langreo

Generación Ghibli

Tal vez haya quien vaya a descubrir el universo del estudio japonés de animación Ghibli y de su alma mater, Hayao Miyazaki, tras el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, que acaba de fallarse. Es una de las bondades de los galardones: iluminan espacios insospechados en esta realidad que atravesamos con prisa y falsas urgencias. Sea como sea, no sólo no es tarde para entrar en el mundo luminoso de Ghibli, tal vez nos hallemos en el momento idóneo para empaparnos de los valores universales que tejen estas maravillosas historias animadas. No cotizan en bolsa, pero volverán a demostrar que son críticos para nuestra supervivencia.

A poco que se asomen a los relatos y personajes de Ghibli –“El viaje de Chihiro”, “Mi vecino Totoro”, “La princesa Mononoke”…- observarán que hablan de superación, memoria, amistad, naturaleza, igualdad, cohesión social, centralidad del cuidado, dignidad del trabajo, tradición. Y que son hondamente pacifistas.

Esto guarda relación con la infancia de Miyazaki, marcada por la Segunda Guerra Mundial y su tremendo impacto físico y emocional desde la generación de las bombas en adelante. Sus obras han sido distinguidas por academias, festivales y jurados de referencia -desde Hollywood hasta Berlín, Venecia o San Sebastián- y ha renunciado en general a viajar para recibir honores, pero expresamente se negó a recoger el Óscar a Mejor película de animación en 2003 por la guerra de Irak.

Al mismo tiempo, Ghibli promueve un modelo de trabajo casi artesanal, con dibujo a mano y respeto de tiempos creativos. No es una resistencia nostálgica, es una defensa activa de la autoría y el oficio artístico, una especie de responsabilidad ética de la persona creadora. Ya ven, en tiempos de la IA refritando talentos previos y generando productos instantáneos, de aceleración tecnológica, cultura colonizada y colonizadora, he aquí -bueno, físicamente, en Tokio- el silencioso universo ético y estético de Miyazaki.

Y ya que menciono el silencio, no puedo describir lo que es acompañar a Chihiro en su viaje, reposar su historia y mantenerse así lejos del ruido protagonizado por los presuntos iconos de nuestra era: su matonismo, codicia, egoísmo, desprecio a los derechos humanos y zafiedad. Ghibli es, en ese sentido, un auténtico búnker estético y moral. Con potencial inspirador para generaciones enteras. Hay que sumarse a esta revolución silenciosa.

Esa fue una de las razones por las que en el CIFP de Comunicación, Imagen y Sonido de Langreo nos lanzamos a presentar la candidatura de Hayao Miyazaki al Premio Princesa de las Artes. Quién nos iba a decir que, como acompañada por un Haku alado, acabaría siendo promovida por dos miembros de este jurado al Premio de Comunicación y Humanidades. La semilla voló, sufrió, persistió y acabó germinando, en un giro de lo más Ghibli y Miyazaki. Nunca nada está perdido.

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