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Sagunto es lo de menos

Durante la pasada Semana Santa nos enteramos de que la cofradía o hermandad de la Purísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo de la ciudad de Sagunto se pronunció por tercera vez contraria a admitir mujeres en su seno. La cofradía dice contar con 1200 miembros con derecho a voto de los 1700 integrantes. Pues bien, si en 1999 solo 9 cofrades apoyaron la inclusión, en 2022 los votos favorables subieron a 135 y en esta última convocatoria los votos afirmativos ascendieron a 114 frente a 267 desfavorables. Ya no es que se camine a paso de tortuga, sino al ritmo del baile caribeño de Ricki Martin: “Un, dos, tres, un pasito p’alante, María. Un, dos, tres, un pasito p’atrás”. La hermandad justifica el mantenimiento del veto a las mujeres escudándose en una tradición que dice remontarse a la Semana Santa de 1492, casualmente el mismo año en que se expulsó a los judíos y zarpó Colón a la conquista y conversión de los infieles de América. El arzobispado de Valencia se limita a parapetarse detrás de la autonomía de la cofradía concernida. Ni la tradición ni la autonomía esgrimidas pueden contravenir el artículo 14 de la Constitución, que garantiza la igualdad ante la ley sin discriminaciones por razón de sexo, mediante una obscena exhibición de poder sobre las mujeres.

Si titulo que “Sagunto es lo de menos”, no pretendo mermar relevancia al episodio, sino advertir que deriva de una marginación anacrónica de indudable gravedad: La prohibición legal de discriminación por sexo en España se la salta a la torera la institución religiosa por excelencia, la católica, rebajándose al nivel de un club exclusivo de cromosomas Y. Convendría reconocer, sin ofuscarnos en animosidades dogmáticas, que la justificación teológica para que la mujer no pueda acceder al sacerdocio se sostiene en uno de los pasajes escriturarios más disparatados. Según el fabuloso relato fundacional, Eva procede de la costilla del primer hombre, fue asignada como simple adminículo del varón y declarada culpable, tras una conversación desafortunada con una serpiente dicharachera, de la introducción del sufrimiento general y de todos los males habidos y por haber en aquel jardín o paraíso original hasta entonces de intachable funcionalidad. No se trata de fustigar la fe de los creyentes. Allá cada cual con sus personales creencias. Deséchense pruritos laicistas o propósitos trivializantes; pero reconózcase que, sobre fundamentos doctrinales semejantes, un Estado democrático no puede permitirse transigir con esta excepción discriminativa que incumbe al 50% de la población. Ni a la cofradía de marras ni a organismo eclesial alguno. A menudo vemos burkas en el ojo ajeno y no observamos misoginia en el nuestro.

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