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Opinión

Maribel Lugilde

Maribel Lugilde

Directora del Centro Integrado de FP de Comunicación, Imagen y Sonido de Langreo

Mariemi

Entre las señas de identidad de una ciudad están las voces de quienes cuentan para los demás lo que sucede en ella. Voces que se vuelven pasado cuando esos profesionales –de la radio, la televisión– se retiran del micrófono. Y se transforman en memoria cuando mueren, dejando su timbre característico resonando entre nuestros recuerdos. Mariemi Fernández, una de las grandes contadoras de la actualidad municipal gijonesa desde las ondas de Radio Gijón Cope, acaba de irse. Su voz, su magisterio periodístico, ya son historia. Permítanme que hoy la reivindique.

Porque Mariemi ha sido, sin pretenderlo ni creérselo del todo –he aquí una de sus señas de identidad–, una de las redactoras de información municipal más respetadas. Por compañeros de profesión, sucesivos equipos de gobierno local, funcionarios de la casa consistorial y, claro, oyentes. Figuraban en su registro mental grandes y minúsculos sucedidos municipales, desde los estertores de la dictadura en adelante. Dejó dicho García Márquez que para ser buen periodista hay que tener una curiosidad insaciable. Y ser buena persona, añadió Ryszard Kapuscinski.

Doy fe de que Mariemi iba sobrada de ambas cualidades porque tuve la suerte de compartir redacción con ella durante dos años y amistad desde entonces. Convertía la actualidad en piezas de minuto largo con corte sonoro. Grabadora, agenda, caja de Royal Crown y blíster de Tonopan para las migrañas componían entonces su universo periférico. Yo la veía maniobrar con asombro de principiante. "A ver, hermosa", contaba o preguntaba. Yo aprendía. Debajo del trazo grueso, los matices, las piedras preciosas de la información, según Maruja Torres.

Era leal y generosa. No hubo informativo de primera hora ni festivo para el que Mariemi no hubiera dejado crónicas antes de irse a casa. Después de las ruedas de prensa municipales, sacaba petróleo en pasillos y despachos para nutrir la despensa compartida. Y luego estaba aquel magisterio suyo del bufido a discreción. De lejos, podría parecer mal carácter, pero no, su alegría estaba siempre deseosa de pillar al vuelo cualquier pretexto.

Y a Mariemi le alegraba el alma su familia, la cultura, una buena conversación, el trabajo bien hecho. Tanto como bramaba con las injusticias del mundo lejano y próximo. Por cierto, una que se cebó con ella fue ser mujer independiente a precoz destiempo. La sociedad de entonces se lo permitió, pero el techo de cristal fue de hormigón para ella, eterna obrera del periodismo de base.

Gracias al corazón de oro de Andrés Cuñado, que tira del rebaño de quienes poblamos aquella emisora, hemos ido compartiendo tiempos y risas con Mariemi hasta sus últimos momentos. Por nuestra memoria correteará a partir de ahora, convertida en todo a la vez: Mimi niña, Mimi tía abuela amorosa y Mariemi periodista, incansable tras el mineral raro y valiosísimo que es la verdad.

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