Opinión | Comentarios al paso
Satanás está de moda
Cuando nos creíamos ilustrados porque habíamos aprendido a distinguir el virus de la rata nadadora oceánica del que porta el ratón colilargo de los Andes, viene Trump y se pone a rezar rodeado de fanáticos pastores evangélicos en el Despacho Oval. Cuando el anterior papa Francisco nos había convencido de la inexistencia del infierno como destino incandescente y dice contemplarlo como símbolo de la voluntad del hombre por autoexcluirse de toda comunión con Dios, llega Trump y monta en la Casa Blanca una Oficina de la Fe, cuya directora lo compara con Jesucristo, salpicando la prédica presidencial de mensajes apocalípticos, de combates entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, el cielo y el infierno. Cuando habíamos descubierto que la tecnología consistía en la aplicación del saber científico para adaptar el mundo a nuestras necesidades, aparece un tal Peter Thiel, presidente de Palantir, empresa de vigilancia fundamental para la CIA y el Pentágono, y uno de los tecnomillonarios más influyentes de los círculos de poder trumpistas, promulgando hasta en Roma profecías heréticas sobre el Anticristo: un demonio conceptual, una especie de fuerza satánica globalista que critica e interfiere en el creciente alcance de la tecnología (la que él vende, claro) y empuja al mundo hacia un apocalipsis del que solo los cerebros privilegiados (el suyo y otros pocos) pueden salvarlo.
La resurrección de Satanás no solo afecta a la política de EE UU. Su influencia se amplía y contagia a otras latitudes. El presidente Bukele de El Salvador atribuye obediencia satánica a las maras o pandillas de su país. El bolsonarismo trata a la izquierda brasileña como una fuerza infernal. El argentino Javier Milei afirmó en su día que el papa Francisco encarnaba al Maligno en la Tierra. Aquí, el nombre del demonio también ha reaparecido en las concentraciones más devotas y extravagantes ante la sede del PSOE en Ferraz y se normaliza y expande por las enrevesadas narraciones del submundo conspiranoico. Vox acostumbra a diferenciar a ojos cerrados entre buenos y malos españoles, mientras Ayuso implora en X que la libren del mal en referencia a Sánchez. Empieza a ser moneda corriente que Abascal introduzca al diablo en sus invectivas. Pretende exorcizar La Moncloa e insta a rociar con agua bendita el Palacio de Congresos de Plasencia tras un mitin de Pedro Sánchez, al que acusa de connivencia con el terrorismo satánico de Oriente Próximo. Si llegara a gobernar (Dios y Satán no lo quieran), empeñado estaría en imitar a Trump e imponer una Secretaría de Estado de la Fe con monseñor Sanz Montes al frente. Mejor no dar ideas ni tiempo al tiempo.
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